La atisbadita de hoy es para quien llamaremos “Bill”

Con la elegancia propia de un lord criollo se sienta y cortésmente pide un tinto, se estira el pantalón desde sus pliegues dejando notar sus medias claras púlcramente ajustadas.  Para quien llamaremos “Bill” todos los días son de misa, la pulcritud de su vestir así nos lo recuerda: camisa de manga corta y su bolsillo adornado por su infantable y dorado bolígrafo que nunca le he visto usar, su bien puesto pantalón 2013-09-08 15.50.47de paño de alta cintura y sostenido con correa de cuero de sobria chapa plateada, sus medias largas y zapatillas bien lustradas hacen juego con el fino peinado imperturbable por el viento y fijado por un brillante producto.  Sus teñidos pelos bien filados cruzan el cuero que alguna vez fue cabelludo.  Cada tarde con su caminar finamente diseñado para evitarle arrugas accidentales a su pantalón se le ve llegar a la vespertina cita en el café.

Después de pedir su tinto se ubica en una mesa con buena sombra para evitar broncear su clara piel cuidada por toda una vida de abstinencia solar.  Con temple se sienta bien recostado en la silla formando perfectos ángulos rectos con rodillas, piernas y espalda, mientras su furtiva mirada se embelesa hacia la esquina de la bodega y la sastrería como en espera de la llegada de su vitalicia amada de escaso abolengo pero de apellido bien llevado.  Esta visita ya no llega más pero aún así él vive el momento en honor a la nostalgia.  Un tinto mas tarde y algunos razonamientos seniles como única compañía se levanta, desanda su camino y de paso con su mano hace un gesto de saludo a una conservada conservadora, inmaculada matrona y reconocida vecina.  Sube las escalas que lo llevan al interior de la casa para esperar un nuevo amanecer y volver con su matinal compromiso religioso, seguramente para agradecerle al dios por cuidar de la riqueza acumulada gracias a su frugal vida.

 

Anuncios

El loco Guerra

Después de haber relatado el vago recuerdo que tenía de Darío, de la buena acogida que tuvo su historia, de la gran cantidad de lectores y una que otra lágrima que provocó -aunque nunca fue esa la intención- sentí que estaba en deuda con Guerra, y considerando además que fueron varias las ocasiones en que me habló de su vida personal de igual a igual, no como un ser inferior como lo trataban algunos en la calle cuando lo usaban como objeto de burla o para saciar su ego sintiéndose superiores ante otro ser semejante.  Me llegó a contar cosas como su efímero paso por la vida escolar o sus fantasiosos episodios románticos que según él tuvo en la vida.  También me contó sobre su macabro acto de cuatrero, el mismo que no le creí, aunque ya lo había escuchado de otras fuentes y por lo que interpreté, más fue un mito sabiamente aprovechado por él para hacerse el valiente ante temerosos benefactores de sus bolsillos para conseguir con temor lo que con afecto no recibía.  Famosa también fue su fantasiosa vida de milicia.

guerra 1

Algunas veces le di unas monedas para comprar desayuno según su petición, posteriormente me di cuenta que todo lo usaba en las máquinas del casino y no lo volví a patrocinar, a cambio le abrí un crédito en la panadería y allí acudía por su milo con pan, no sin antes pedirme consentimiento aún sin que yo se lo haya planteado de esa manera.  Pero ahora que lo pienso con calma entiendo que hasta él necesitaba divertirse y esa diversión fue el casino, como cualquiera de nosotros y hasta creo haber sido algo injusto al no haberle contribuido más en ello, si hasta Darío necesitaba diversión -en su caso con el radio de pilas- .

En una ocasión logró conmoverme bastante al dejar ver ese ser humano sentimental, con problemas y frustraciones que había tras la imagen popular de su aparente agresividad irracional.  Ese día llegó a mi oficina en medio de una profunda depresión que no le dejaba hablar, se sentó en la silla frente a mi escritorio, sus lágrimas fueron su única expresión por un buen rato, recibió algo de comer y tiempo después por fin me respondió algo: “estoy aburrido”.  Más tarde se levantó, dejó entrever un leve gesto de tranquilidad y se fue.

guerra

Su desdentada pero sincera carcajada mostraba en su ser destellos de alegría, sus lágrimas dejaban ver que también tenía sentimientos y su respeto –porque supo respetar- enseñaba que también era un ser agradecido. Ese también era Guerra, ese era Carlos Guerra, el ser humano con defectos pero también con virtudes que por temor o por intolerancia muchos nos perdimos de conocer mejor.

Sus episodios mentales de agresividad en gran medida fueron la acumulación de intolerancia hacia él, otra hubiera sido su respuesta a un trato amable.  Muchas veces se mostró agresivo, pero también supo responder al respeto, y especialmente al afecto.  Ya no hay más Guerra, pero ojalá que su presencia en nuestro momento haya servido para reflexionar y aprender a conocer a esos personajes que viven realidades diferentes a las de la mayoría y que tienen tanto por enseñarnos a nosotros, los otros enfermos.

Darío

Conocí un hombre que nunca ejerció y lo creo así porque nunca lo vi en ningún rol social de esos para los que nos educan desde chiquitos.  Nunca lo vi rezando, nunca lo vi votando, nunca lo vi mercando, nunca lo vi cortejando, nunca lo vi estudiando, nunca lo vi paseando, nunca lo vi mecateando, nunca lo vi tertuliando; además él nunca vió, aunque fue un ciego que veía, pues aún sin bastón ni lazarillo se caminó todas las calles del pueblo, a lo mejor que alguna luz lo guiaba, seguramente muy tenue pero eso le bastaba.  Fue un hombre libre de verdad porque no necesitó cumplir ningún papel diferente al de ser Darío, simplemente Darío, sin título ni apellido porque ni siquiera eso necesitó.   Eso mismo fue lo que hizo que no pasara desapercibido entre nosotros. ¡cuántas generaciones damos fe de su existir!

Nunca rezó, pues qué lo iba a necesitar si nunca pecó, tal vez su mayor maldad fue decir “paputa” y se lo escuché muchas veces, pero fue su defensa para lo que ahora llaman bulling, pero que para él y para nuestras generaciones era el acto de los “aprovechados”; aprovechados de un ser puro.  Nunca votó pues tampoco necesitó ningún tipo de gobierno para ser quien debía ser.  Nunca mercó y para qué iba a hacerlo si en tantas casas guardan una taza y un plato para servirle a él.  Para qué iba a cortejar si eso es de seres no evolucionados.  Tampoco estudió pues no necesitaba ningún título.  Si no salió de paseo fue porque su vida fue un paseo.  ¡se dio ese lujo!.

Hoy ya se ha ido y solo puede ser recordado de una manera: con cariño.  Aún sin haber abrazado, sin haber besado, sin haber hablado mucho se le recordará sólo con cariño.  Con su silencio y su parsimonia se ganó su espacio sin tener que ser cura, médico o policía y será recordado mejor que la mayoría de nosotros porque en él todo fue sincero sin necesidad de ser mucho, sólo fue lo que necesitaba ser.

Su único apego terrenal fue su viejo radio de pilas que por tantos años le acompañó y ahora ni siquiera eso va a necesitar.  Mientras tanto aquí seguimos nosotros tratando de superarnos, de abandonar apegos materialistas y egoísmos, deseos carnales y demás defectos mundanos que él no necesitó abandonar porque simplemente no los tuvo.  Si el cielo existe allá lo deberá estar esperando porque aquí no quedó debiendo nada.  No ejerció lo que no necesitó.

Con seguridad no lo conocí lo suficiente para atreverme a decir mucho sobre él, pero esto es lo que he recordado.

Darío, ¿ya crió el toro?

 

También puedes leer: Guerra, Bill, Cachibajo

P1370412 P1370413 P1370414

El beso pecaminoso

Elegantemente vestido como lo dicta la tradición dominical para ir a misa y después de haber asistido a su sagrado deber ingresa al café, busca una apartada mesa, mira atrás y luego a su alrededor antes de sentarse, la amable mesera le atiende su pedido y pronto regresa con un humeante café con leche o periquito como le dicen por éstos lados.  Nervioso o ansioso tal vez, sigue mirando hacia la calle.  Largos minutos pasan para él, mientras yo leo dos o tres páginas de mi libro, pido otro tinto y vuelvo a las páginas de la novela.   Pasan otros tantos minutos de larga espera para mi vecino mientras yo avanzo unos pocos párrafos en mi lectura.

La mayoría de los feligreses ya se han dispersado del atrio después de haber cumplido con su ritual dominical, su dosis periódica de tranquilidad espiritual para los mayores o su oportunidad de cortejar para los más jovencitos.  El tranquilo espacio de la cafetería se siente agitado por un efusivo vaivén de manos de mi vecino, quién acompaña sus señales con una simpática sonrisa.  Se acomoda en su silla, mueve el pocillo como si lo ubicara para un ritual sagrado.  Por la puerta auxiliar que también da a la calle ingresa una sonriente muchacha orientada por el agitar de brazos del señor, serenamente se acerca y le hace compañía en la mesa.  El lugar se sigue llenando de foráneos visitantes ajenos a los aconteceres de la pequeña cafetería.  No alcanzo a percibir que pide la muchacha al mesero que le atiende.  Sigo con mi lectura que me vuelve a conectar con las historias de un joven minero que vivió sus venturas y desventuras hace más de un siglo en la provincia de Gales.  También llega el café que he pedido y me pregunto qué sería de estas tardes de ocio y meditación sin ésta mágica bebida, lo mismo que para otros puede ser el té, el vino, el mate o la chicha; pero en mi espacio y en mi tiempo es el café.

Fugaces minutos pasan y mi tinto ya ha pasado de caliente a tibio y un sonoro y húmedo chirrido de la unión de los labios de mis vecinos contrasta con la suave música que ameniza el rato, no sin antes haberse levantado el galante caballero a observar a su alrededor como buscando un cómplice momento de intimidad sin una acusadora o chismosa intromisión de algún conocido.  Yo paso desapercibido, tal vez por ser un foráneo.  Él de pie ha tomado las mejillas de ella entre sus manos abiertas y suena el clandestino y pecaminoso beso que se ha escuchado en todo el lugar.  Sale casi huyendo de la escena tal como lo hacía yo con mis vecinos cuando cogíamos a escondidas las jugosas moras del solar de los Jaramillo.  Paga la cuenta en la caja, regresa con su gran sonrisa en el rostro y una moneda de mil pesos en la mano.  Se va sin despedirse con palabras, dejando en su mesa la moneda y en la mía esta historia por contar.  Rato después ella se levanta, camina hasta la puerta principal, se detiene unos segundos antes de pisar la calle y se va.

2015-01-05 15.39.46