El beso pecaminoso

Elegantemente vestido como lo dicta la tradición dominical para ir a misa y después de haber asistido a su sagrado deber ingresa al café, busca una apartada mesa, mira atrás y luego a su alrededor antes de sentarse, la amable mesera le atiende su pedido y pronto regresa con un humeante café con leche o periquito como le dicen por éstos lados.  Nervioso o ansioso tal vez, sigue mirando hacia la calle.  Largos minutos pasan para él, mientras yo leo dos o tres páginas de mi libro, pido otro tinto y vuelvo a las páginas de la novela.   Pasan otros tantos minutos de larga espera para mi vecino mientras yo avanzo unos pocos párrafos en mi lectura.

La mayoría de los feligreses ya se han dispersado del atrio después de haber cumplido con su ritual dominical, su dosis periódica de tranquilidad espiritual para los mayores o su oportunidad de cortejar para los más jovencitos.  El tranquilo espacio de la cafetería se siente agitado por un efusivo vaivén de manos de mi vecino, quién acompaña sus señales con una simpática sonrisa.  Se acomoda en su silla, mueve el pocillo como si lo ubicara para un ritual sagrado.  Por la puerta auxiliar que también da a la calle ingresa una sonriente muchacha orientada por el agitar de brazos del señor, serenamente se acerca y le hace compañía en la mesa.  El lugar se sigue llenando de foráneos visitantes ajenos a los aconteceres de la pequeña cafetería.  No alcanzo a percibir que pide la muchacha al mesero que le atiende.  Sigo con mi lectura que me vuelve a conectar con las historias de un joven minero que vivió sus venturas y desventuras hace más de un siglo en la provincia de Gales.  También llega el café que he pedido y me pregunto qué sería de estas tardes de ocio y meditación sin ésta mágica bebida, lo mismo que para otros puede ser el té, el vino, el mate o la chicha; pero en mi espacio y en mi tiempo es el café.

Fugaces minutos pasan y mi tinto ya ha pasado de caliente a tibio y un sonoro y húmedo chirrido de la unión de los labios de mis vecinos contrasta con la suave música que ameniza el rato, no sin antes haberse levantado el galante caballero a observar a su alrededor como buscando un cómplice momento de intimidad sin una acusadora o chismosa intromisión de algún conocido.  Yo paso desapercibido, tal vez por ser un foráneo.  Él de pie ha tomado las mejillas de ella entre sus manos abiertas y suena el clandestino y pecaminoso beso que se ha escuchado en todo el lugar.  Sale casi huyendo de la escena tal como lo hacía yo con mis vecinos cuando cogíamos a escondidas las jugosas moras del solar de los Jaramillo.  Paga la cuenta en la caja, regresa con su gran sonrisa en el rostro y una moneda de mil pesos en la mano.  Se va sin despedirse con palabras, dejando en su mesa la moneda y en la mía esta historia por contar.  Rato después ella se levanta, camina hasta la puerta principal, se detiene unos segundos antes de pisar la calle y se va.

2015-01-05 15.39.46

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