El loco Guerra

Después de haber relatado el vago recuerdo que tenía de Darío, de la buena acogida que tuvo su historia, de la gran cantidad de lectores y una que otra lágrima que provocó -aunque nunca fue esa la intención- sentí que estaba en deuda con Guerra, y considerando además que fueron varias las ocasiones en que me habló de su vida personal de igual a igual, no como un ser inferior como lo trataban algunos en la calle cuando lo usaban como objeto de burla o para saciar su ego sintiéndose superiores ante otro ser semejante.  Me llegó a contar cosas como su efímero paso por la vida escolar o sus fantasiosos episodios románticos que según él tuvo en la vida.  También me contó sobre su macabro acto de cuatrero, el mismo que no le creí, aunque ya lo había escuchado de otras fuentes y por lo que interpreté, más fue un mito sabiamente aprovechado por él para hacerse el valiente ante temerosos benefactores de sus bolsillos para conseguir con temor lo que con afecto no recibía.  Famosa también fue su fantasiosa vida de milicia.

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Algunas veces le di unas monedas para comprar desayuno según su petición, posteriormente me di cuenta que todo lo usaba en las máquinas del casino y no lo volví a patrocinar, a cambio le abrí un crédito en la panadería y allí acudía por su milo con pan, no sin antes pedirme consentimiento aún sin que yo se lo haya planteado de esa manera.  Pero ahora que lo pienso con calma entiendo que hasta él necesitaba divertirse y esa diversión fue el casino, como cualquiera de nosotros y hasta creo haber sido algo injusto al no haberle contribuido más en ello, si hasta Darío necesitaba diversión -en su caso con el radio de pilas- .

En una ocasión logró conmoverme bastante al dejar ver ese ser humano sentimental, con problemas y frustraciones que había tras la imagen popular de su aparente agresividad irracional.  Ese día llegó a mi oficina en medio de una profunda depresión que no le dejaba hablar, se sentó en la silla frente a mi escritorio, sus lágrimas fueron su única expresión por un buen rato, recibió algo de comer y tiempo después por fin me respondió algo: “estoy aburrido”.  Más tarde se levantó, dejó entrever un leve gesto de tranquilidad y se fue.

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Su desdentada pero sincera carcajada mostraba en su ser destellos de alegría, sus lágrimas dejaban ver que también tenía sentimientos y su respeto –porque supo respetar- enseñaba que también era un ser agradecido. Ese también era Guerra, ese era Carlos Guerra, el ser humano con defectos pero también con virtudes que por temor o por intolerancia muchos nos perdimos de conocer mejor.

Sus episodios mentales de agresividad en gran medida fueron la acumulación de intolerancia hacia él, otra hubiera sido su respuesta a un trato amable.  Muchas veces se mostró agresivo, pero también supo responder al respeto, y especialmente al afecto.  Ya no hay más Guerra, pero ojalá que su presencia en nuestro momento haya servido para reflexionar y aprender a conocer a esos personajes que viven realidades diferentes a las de la mayoría y que tienen tanto por enseñarnos a nosotros, los otros enfermos.

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5 comentarios en “El loco Guerra

  1. Yo lo conoci. Pero como a muchas niñas de mi edad nos daba miedo. La mayoria de tiempo estaba enojad y por eso inspiraba temor. Pero feu un icono de mi pueblo igua quevyea yea

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