El gato de Tomacalcio

Al Ford Mercury 65 de Tomacalcio le rumbaba la transmisión cada que le metía la quinta, especialmente por las rectas del Valle y mucho más si le aplicaba el bajo que le habían instalado recientemente junto con la caja Fuller. Según el diagnóstico del mecánico se la había comido el motor DT 466 recién rectificado en el taller del Muelón, allá en Barriotriste; sector famoso y popular donde se practica la mejor mecánica automotriz callejera y le montan el “buque” que su carro -o usted- necesite.

64f7946b885f94-ford-800-y-dodge-1976-38838Una vez descargado en la plaza mayorista el viaje de panela que traía de Cartago se fue para el Barrio Antioquia donde le lavaron el camión mientras se comía un sancocho de cola que tanto le gustaba en el restaurante de la negra Isabel.  Más tarde, mientras el Muelón le cambiaba la corona y el speed al diferencial -o transmisión como le llaman los choferes-, Tomacalcio se fue a cambiarle un tornillo al injerto que le habían puesto en el compresor, pero le tocó esperar a que le fabricaran uno hechizo porque no había referencia comercial que le sirviera.

Mientras el tornero terminaba su trabajo Tomacalcio vió que se le acercaba un tipo de esos que bajo cuerda venden gangazos mal habidos.  “Algo bueno me va a ofrecer” -pensó-.  Así fue, y hablándole de lado y sin mirarle a la cara le ofreció discretamente un gato hidráulico de diez toneladas. “Pero decídase rápido1770-MLU3685812842_012013-O que en la esquina tengo otro cliente esperando”, le dijo el avivato.  Le pidió 90 de mil, pero este sacó su artillería de negociante y lo tranzó por cincuenta mil pesos que le entregó discretamente a quien nunca más volvería a ver. ¡Cómo iba a dejar volar este negociazo!

Apresuradamente recogió el paquete que el caquito le había dejado en el piso junto a la puerta para ir a encaletarlo en el Ford Mercury 65, en el mismo lugar donde momentos antes había desaparecido un gato de diez toneladas.

Glosario coloquial:

  • Rumbar: emitir ruidos desagradables. Zumbar.
  • Aplicar el bajo: Accionar el bajo para mejorar la potencia en la transmisión del vehículo.
  • Buque: Adaptación de repuestos que no corresponden al vehículo o que son robados.
  • Injerto: Adaptación de piezas o repuestos que no son de serie.
  • Hechizo: sinónimo de injerto.
  • Gangazo: barato.
  • Negociazo: negocio altamente lucrativo.
  • Encaletar: esconder en un sitio de difícil acceso.

Las reses de potrerillo

En lo alto del cerro se divisa desde la plaza una finca divina, de grandes potreros y un frondoso bosque. Por sus linderos pasó el antiguo camino de los Echeverri que de Fredonia conducía hasta Caramanta, camino que propició el desarrollo inicial de esta porción del suroeste antioqueño, el sendero hoy ya está abandonado y en algunos tramos apropiado por los dueños de predios aledaños desconociendo y borrando lo que queda de la historia del camino real.

P1110579Allá arriba todavía habitan algunos campesinos y como no hay carretera, aún no han llegado los citadinos a comprar tierras para sus casas de recreo, a pesar de ello no faltan las ofertas de compra para los afortunados poseedores de parcelas en esa mágica montaña.

Uno de esos propietarios lleva una divina vida en el calmado pueblo y sube a diario para ver crecer la grama, florecer los sietecueros y ordeñar las tres vacas negras que tiene.  Al llegar a la desvencijada casucha el amanecer ya ha nacido, pero queda todo el día para divisar las altas montañas de la cordillera central al norte del departamento de Caldas hasta los vecinos cerros de la cordillera occidental, donde está colgado le pueblo que fuera fundado en los potreros de El Hatillo, y al fondo en medio del valle, cruzado por el río Cauca, se levantan imponentes dos farallones.P1000367

Cae la tarde y ya con la fresca, montado en su caballo blanco ataviado con viejos aperos y con un aristócrata pellón de piel lanuda, se le ve llegar a la plaza.  Ese día un negociante foráneo le espera acompañado por algún improvisado comisionista.  P1010634Esa divisa con potreros, bosque, casa y ganado está en venta.

-“El precio es a puerta cerrada, incluye el ganado que se ve desde aquí”, dice nuestro divino propietario.

Sin cerrar negocio se propone un precio tentativo, pero las cervezas de más hacen que nuestro vendedor no alcance a finiquitar la propuesta.

Inquieto el comprador –aunque confiaba en la palabra del vendedor- decide visitar la finca antes de cerrar el negocio y al día siguiente, mientras se toma un tinto en El Real en medio de los jornaleros que se aprestan a iniciar su labor, da una última mirada desde la plaza y cuenta las mismas 14 reses blancas distribuidas en el mismo potrero que había visto el día anterior.P1110537

El amancer ya ha quedado atras e inicia su camino por la calle la Plazuela hacia el monumento de La Madre, -cuando estaba pequeño siempre pensé que era una virgen más- pasa por el sector que antes fuera llamado con el sonoro nombre de Patiobonito, hoy nombrado Divino Niño gracias a una clerical decisión.  Frente a la casa que fuera del difunto polvorero Arturo Maleta empieza el camino.  A un tercio del trayecto se da una pausa en el patio de la escuela de Berenice donde, a pesar de la distancia se escuchan todos los ruidos del pueblo, los gritos de los niños saliendo de estudiar y las cornetas del bus que va para Medellín. Una foto tomada desde allí da la impresión de haber sido hecha desde un parapente.P1110573

No puede demorarse mucho contemplando ya que el camino es largo y pronunciado, pero necesariamente más adelante debe tomarse otro descanso en medio de los cafetales, nogales y churimos de la finca de los Galvis.  Allí una amable muchacha de corta estatura le ofrece bogadera al forastero sin el menor asomo de desconfianza. ¡Así son los sanos campesinos!

Los musgos y el colchón de pobre empiezan a aparecer, así mismo la temperatura empieza a descender y, aunque cansado, no hace la pausa que su citadino cuerpo desea, pues necesita llegar temprano para recorrer la finca antes de que el ganado se disperse.

Ya en lo alto encuentra el primer y único tramo plano de todo el trayecto, justo enfrente de la ruinosa casa de los Obando, quienes hace años dejaron sus recueros adentro, y a ésta, abandonada en la montaña.

Unos metros más adelante divisa entreabierta la portada de varetas mal pintadas en medio de un gran cerco de pinos añosos.  La emoción le empujó a trepar el último trayecto antes de llegar a la casucha y desde el corredor empezó a buscar con la mirada el potrero donde inmóviles contó 14 piedras pintadas de blanco.

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Elmo no reclamó el premio

La siguiente historia realmente sucedió así como se las voy a contar, los personajes son reales y todavía están por ahí, aunque los nombres han sido cambiados para proteger su identidad como dicen en los programas finos de la televisión.  Todo pasó uno de esos sábados del 2008, durante una calurosa noche de bingo donde las putas.  Semanas previas habían creado la campaña de expectativa para atraer clientela que de paso iba a variar la pasiva rutina sabatina del pausado pueblo.  Los afiches de cartulina decorada con mirellas y escritos con marcador y mala ortografía invitaban a participar del evento, cuyo premio mayor era una botella de licor y una noche de placer con Angelina La Batidora -una veterana meretriz bien experimentada en su oficio-, incluyendo la pieza.

Aquél ansiado día llegó y La Punta se llenó a desbordar, medio pueblo estaba allí, el otro medio más santurrón andaba en un acto parroquial menos pagano, que a propósito es tema para otra historia.logo

Las tablas del bingo no dieron abasto, por lo que algunos combitos decidieron jugar compartiendo la misma tabla.  Uno de esos grupos estaba especialmente eufórico, pues por ser colegas habían planeado su asistencia con anterioridad y durante el día ya se habían tomado unos cuantos guaritos.  Con ellos también estaba Elmo, un virginal muchacho que se ganaba la vida con su negocio ambulante y la estaba pasando tan bien que voluntariamente olvidó su compromiso con el oficio religioso que puntualmente a las siete de la noche celebraba el pastor a unas pocas cuadras de allí.

Las balotas sólo empezaron a rodar después de las once, cuando la clientela ya había consumido lo suficiente y en la caja ya había con que pagar el impuesto por la amanecida, la publicidad y el surtido adicional ya que fue necesario contratar unas chicas de más venidas de Supía y Riosucio.

En las mesas se veían botellas vacías y uno que otro paisano vencido por las gracias de Baco.  Afuera, amarrados a las rejas del cementerio algunos caballos esperaban pacientemente a los muchachos venidos de La Meseta, El Bosque, La Machonta y Potrerillo.  Al frente por el solar de los García las motos y los carros parqueados, hasta dos bicicletas había recostadas al aviso que da la bienvenida al pueblo.  El evento pintaba bien, vecinos de La Pintada, Támesis y Caramanta también se dieron la pasadita.  Marta -a quien llamaban La Abadesa por ser la matrona del lugar- y sus muchachas estaban felices, no había empezado el evento central y ya se había librado la inversión y eso sin contar los ingresos por los servicios no declarados.

En otra mesa unos personajes de supuesto abolengo se untaban de pueblo como en carnaval y no hablo más de ellos porque cuando me vean por la plaza me las cobran, aunque de ellos también hay historias por contar.  En la mesa vecina, junto a la salida, no podían faltar Matojo y Pestañas como siempre embebidos en filosofales diálogos etílicos.

Las escenas de coqueteo eran cada vez más frecuentes, las chichas pasaban de pierna en pierna, de mes
a en mesa haciendo carrizos descarados cuando Andrea bajó el volumen de la música y aumentó las luces.  Ya era hora de empezar.  ¡B7! gritó Andrea leyendo la bolita que Yulitza le pasaba. ¡G48!, ¡O69!.  ¡Bingo! Gritó algún gracioso que motivó las risas y el desorden.  Marta La Abadesa, tuvo que intervenir para poner orden, dando instrucciones a las anfitrionas para que explicaran la dinámica del juego a esos señores despistados que sólo conocían los juegos de mesa de las garitas de Gabriel, de José Luis o El Real.  De nuevo empezó el juego y Andrea cantaba las balotas más lentico.  Varios binguitos fueron reclamados, pero el premio mayor seguía provocadoramente vestida paseándose entre las mesas.

Ocasionalmente también ingresaban al lupanar unos amigos que andan en motos verdes acompañados por su líder que ese día iba en una busetica Volkswagen; llegaban hasta la barra donde Marta La Abadesa, ella les servía sin cobrarles sendos tintos en pocillos de loza y decorados con florecitas.  Tienen gustos extraños, pues el tinto parecía frío porque de uno o dos tragos se lo tomaban, luego, prestamente salían a seguir con su ronda.

Angelina La Batidora, el premio mayor, la reina de la noche, ya estaba en su trono improvisado con una silla rimax esperando al gran ganador, al rey que le entregaría su cetro.  Las pausas de Andrea eran más frecuentes, haciendo un repaso final para que los despistados revisaran su juego, pues ya se llegaba el gran momento.  Nadie miraba las otras chicas, sólo Angelina La Batidora era el foco de las húmedas fantasías.  Se reanudó el juego y cuando Elmo reaccionó, el ardid que tramaron los taximotos ya estaba en marcha, él no supo que pasó, pero ya iba en hombros y en medio de la euforia fue plantado junto a la reina de la noche.  Las tablas de las otras mesas rodaron con algo de decepción, pues Angelina La Batidora era de lo más cotizado en la región.  En medio del desorden Marta La Abadesa declaró al ganador y los padrinos de Elmo celebraron como si el premio fuera para ellos, pero en realidad celebraban el éxito de su estrategia.  Con lo que no contaron fue con los brotes de la moralidad que Elmo había aprendido en el culto y como era de esperarse, en un acto de total desprendimiento y gratitud reclamó el premio y entregó a sus amigos el licor.

Las Putas

Me han contado de una ralea de muchachas fogosas y divertidas, de las que todavía no sé si vivían allí o sólo se congregaban en esa zona distinguida con lucecitas rojas que existía en las afueras del pueblo, un poco más allá y un poco más acá del puente de Sabaletas.  Parece ser que eran lugares muy alegres a los que asistían desde peones, obreros, muchachos curiosos, servidores públicos, “distinguidos” gamonales y seguramente uno que otro clérigo de los que pienso deberían ir con mayor frecuencia y menos prejuicio.  Dicen que por allí pasaron Cachibajo, Guerra y hasta Darío, pero de éstos dos últimos no creo.  Hoy al transitar por lo que fue “la zona” o “el barrio” sólo se alcanza a ver algunos rastros de viejas paredes o banqueos en los que alguna vez habitó la felicidad comprada, lugares donde el placer, la intimidad y el afecto tenían precio.  Allí un buen rato de conversación seguramente no tendría más costo que el de un par de copas, a diferencia del beso que sí tendría un precio definido.  ¿cuál de éstos será más valioso?.  En ambas lides con seguridad serían bastante hábiles y experimentadas.  Así como ofrecían una agradable tertulia, igualmente estaban dispuestas a saciar los más extravagantes deseos carnales.

3288924492432364 En aquellas mancebías sus clientes eran bien atendidos en salones con amoblamiento cómodamente dispuesto, algunas veces insinuantemente decorados, con música al gusto, licores y amable atención.  Ellas alegres, extrovertidas, llevando modas atrevidas y siempre dispuestas.

Sin dejar de ser ellas mismas eran complacientes y hasta amorosas casi sinceras con sus visitantes.  Sin mayores esfuerzos llegaban a conocer intimidades de tal manera que con sus recuerdos podrían escribirse las mejores obras dignas de los premios Nobel para los próximos cien años.  Estos relatos serían las más sinceras y profundas radiografías de la sociedad, o mejor dicho, de la humanidad; historias llenas de intrigas, amores, desamores y demás.

Por estos lupanares con seguridad han pasado las más importantes decisiones de nuestra dirigencia antes de haber sido ejecutadas, al mismo tiempo se habrán pactado rivalidades por bobos celos de lenocinio llegando a trágicos desenlaces.  También habrán sido revelados los más profundos secretos que seguirán bien guardados.  Ellas han sido las mejores en complacer, y su diálogo, aunque a veces trivial según la necesidad, sí ameno, y sin malsanos apegos.

Sus remoquetes siempre graciosos parecieran hacer alarde de las virtudes y habilidades de la portadora que más bien creo son estrategias primitivas de buen mercadeo de diferenciación frente a la competencia.021

Una, dos, tres o más horas de cachar y uno que otro signo de cortejo innecesario son el preámbulo tradicional para el momento del desfogue buenamente fingido por ella pero suficiente para él, quien aún no ha descubierto el real amor y la verdadera pasión.

Comprar su amor es fácilmente pagable, pero en ellas lo verdaderamente valioso no lo cobran, ni siquiera tiene precio, es eso que mejor saben hacer y por lo que podrían cobrar fortunas.  A lo mejor eso hizo tan legendarias a Rosa Lia, Bertilda Cacho, Miliamazo, La Bombona, La Arracacha, La Tábana, La Pelilarga, La Torcasa, La Kolcana, La Rabodeají, La Pasodoble, La Araña, La Gelatina, La Muñeca, La Gallineta, entre otras tantas;  y no me refiero tanto a sus habilidades en las artes amatorias o su verbosidad: su gran virtud y por el que sería más digno cobrar es por saber escuchar.

¿Tasifecho mijo?

Cachibajo

Una mañana se montaba en un techo para ganarse unos pesos con que conseguir algo de licor para calmar el guayabo, el mismo licor que para él era un elixir de alegría; aunque para tomarse los tragos usualmente no necesitaba comprarlo, pues con su carisma y habilidad verbal de léxico vulgo supo conseguírselos goteriando principalmente a turistas curiosos, hasta el punto de haber sido nombrado por uno de ellos como Aladino, por su habilidad para aparecer cada que se abría la botella -según me contó alguna vez el viejo Vicente-.  Sin embargo, fueron varios los oficios que desempeñó, entre ellos el de embolador de zapatos, arte que poca clientela dejó satisfecha, pues su temblor etílico fue fatal para la vestimenta de los clientes.  También fue mandadero de combos, barras o grupos de rumberos, que en sus bacanales nadie más como él para conseguirles a altas horas, en momentos de escasez o prohibición lo que se necesitara para saciar esos placeres goliardos. Así mismo era impensable una “vaca loca” sin él; ese entusiasmo que contagiaba al constrP1350571uir los aparejos con enorme cornamenta de fuego y cola de ramas con espinas que embestía a todo paisano que osara dárselas de torero.  En esos momentos Cachi era el mismo diablo con cachos y con cola que, sin embargo, protegía a los niños desprevenidos que accidentalmente se le cruzaban.  Animaba como ninguno esa fiesta, seguramente de origen pagano, que en nuestro pueblo es el jolgorio principal de las celebraciones patronales. Pero indudablemente su oficio más famoso y por el que más se le reconoció fue el de su ejercicio forense, del cual ostentaba tres títulos: empírico, autodidacta y tegua. Vivía orgulloso de ser nuestro Quincy, como algunos le llamaban haciendo analogía de esa famosa serie de televisión.  Tan apasionado fue de este oficio que hasta de necrófilo lo acusaron, pues su amor por esa labor malamente fue interpretado. Ese día entre semana, sin turistas en la plaza, subió al techo a coger goteras y sin condiciones para volverse un “Aladino”, mutó en Ícaro y alzó el vuelo final, su vuelo fatal.  Nadie corrió a esperar un cuerpo en el anfiteatro. Desde entonces cada año, por las fiestas patronales, se escucha en las calles un vago bufar acechando borrachos en medio de la algarabía y el jolgorio que les dice: ¡bebido corrompido, Cachibajo no se ha ido!   P1350575   También puedes leer: Darío.  Guerra.  Bill.