Elmo no reclamó el premio

La siguiente historia realmente sucedió así como se las voy a contar, los personajes son reales y todavía están por ahí, aunque los nombres han sido cambiados para proteger su identidad como dicen en los programas finos de la televisión.  Todo pasó uno de esos sábados del 2008, durante una calurosa noche de bingo donde las putas.  Semanas previas habían creado la campaña de expectativa para atraer clientela que de paso iba a variar la pasiva rutina sabatina del pausado pueblo.  Los afiches de cartulina decorada con mirellas y escritos con marcador y mala ortografía invitaban a participar del evento, cuyo premio mayor era una botella de licor y una noche de placer con Angelina La Batidora -una veterana meretriz bien experimentada en su oficio-, incluyendo la pieza.

Aquél ansiado día llegó y La Punta se llenó a desbordar, medio pueblo estaba allí, el otro medio más santurrón andaba en un acto parroquial menos pagano, que a propósito es tema para otra historia.logo

Las tablas del bingo no dieron abasto, por lo que algunos combitos decidieron jugar compartiendo la misma tabla.  Uno de esos grupos estaba especialmente eufórico, pues por ser colegas habían planeado su asistencia con anterioridad y durante el día ya se habían tomado unos cuantos guaritos.  Con ellos también estaba Elmo, un virginal muchacho que se ganaba la vida con su negocio ambulante y la estaba pasando tan bien que voluntariamente olvidó su compromiso con el oficio religioso que puntualmente a las siete de la noche celebraba el pastor a unas pocas cuadras de allí.

Las balotas sólo empezaron a rodar después de las once, cuando la clientela ya había consumido lo suficiente y en la caja ya había con que pagar el impuesto por la amanecida, la publicidad y el surtido adicional ya que fue necesario contratar unas chicas de más venidas de Supía y Riosucio.

En las mesas se veían botellas vacías y uno que otro paisano vencido por las gracias de Baco.  Afuera, amarrados a las rejas del cementerio algunos caballos esperaban pacientemente a los muchachos venidos de La Meseta, El Bosque, La Machonta y Potrerillo.  Al frente por el solar de los García las motos y los carros parqueados, hasta dos bicicletas había recostadas al aviso que da la bienvenida al pueblo.  El evento pintaba bien, vecinos de La Pintada, Támesis y Caramanta también se dieron la pasadita.  Marta -a quien llamaban La Abadesa por ser la matrona del lugar- y sus muchachas estaban felices, no había empezado el evento central y ya se había librado la inversión y eso sin contar los ingresos por los servicios no declarados.

En otra mesa unos personajes de supuesto abolengo se untaban de pueblo como en carnaval y no hablo más de ellos porque cuando me vean por la plaza me las cobran, aunque de ellos también hay historias por contar.  En la mesa vecina, junto a la salida, no podían faltar Matojo y Pestañas como siempre embebidos en filosofales diálogos etílicos.

Las escenas de coqueteo eran cada vez más frecuentes, las chichas pasaban de pierna en pierna, de mes
a en mesa haciendo carrizos descarados cuando Andrea bajó el volumen de la música y aumentó las luces.  Ya era hora de empezar.  ¡B7! gritó Andrea leyendo la bolita que Yulitza le pasaba. ¡G48!, ¡O69!.  ¡Bingo! Gritó algún gracioso que motivó las risas y el desorden.  Marta La Abadesa, tuvo que intervenir para poner orden, dando instrucciones a las anfitrionas para que explicaran la dinámica del juego a esos señores despistados que sólo conocían los juegos de mesa de las garitas de Gabriel, de José Luis o El Real.  De nuevo empezó el juego y Andrea cantaba las balotas más lentico.  Varios binguitos fueron reclamados, pero el premio mayor seguía provocadoramente vestida paseándose entre las mesas.

Ocasionalmente también ingresaban al lupanar unos amigos que andan en motos verdes acompañados por su líder que ese día iba en una busetica Volkswagen; llegaban hasta la barra donde Marta La Abadesa, ella les servía sin cobrarles sendos tintos en pocillos de loza y decorados con florecitas.  Tienen gustos extraños, pues el tinto parecía frío porque de uno o dos tragos se lo tomaban, luego, prestamente salían a seguir con su ronda.

Angelina La Batidora, el premio mayor, la reina de la noche, ya estaba en su trono improvisado con una silla rimax esperando al gran ganador, al rey que le entregaría su cetro.  Las pausas de Andrea eran más frecuentes, haciendo un repaso final para que los despistados revisaran su juego, pues ya se llegaba el gran momento.  Nadie miraba las otras chicas, sólo Angelina La Batidora era el foco de las húmedas fantasías.  Se reanudó el juego y cuando Elmo reaccionó, el ardid que tramaron los taximotos ya estaba en marcha, él no supo que pasó, pero ya iba en hombros y en medio de la euforia fue plantado junto a la reina de la noche.  Las tablas de las otras mesas rodaron con algo de decepción, pues Angelina La Batidora era de lo más cotizado en la región.  En medio del desorden Marta La Abadesa declaró al ganador y los padrinos de Elmo celebraron como si el premio fuera para ellos, pero en realidad celebraban el éxito de su estrategia.  Con lo que no contaron fue con los brotes de la moralidad que Elmo había aprendido en el culto y como era de esperarse, en un acto de total desprendimiento y gratitud reclamó el premio y entregó a sus amigos el licor.

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2 comentarios en “Elmo no reclamó el premio

  1. No estoy de acuerdo en que el acto de desprendimiento y gratitud hubiera sido total, me parece que se quedó con parte del premio …… el muy cristiano cometió su pecado !!!!

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  2. Pingback: Sacro y pagano | Los Recortes

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