El accidente de Volante

El accidente de Volante sucedió durante la navidad de un año muy rumbero.  Aquél año fue especialmente alegre en el pueblo, propiciado por la bonanza laboral fruto de algunas obras nuevas que se realizaban en la zona.  Como consecuencia, la plaza de llenó de chiveros para poder transportar trabajadores, materiales y equipos hacia las fuentes de trabajo.  Los fines de semana los conductores limpiaban sus carros generalmente ayudados por Pestañas y les instalaban bancas de madera que casi siempre eran fabricadas en la carpintería de El Amigo -las de nogal siguen siendo las más solicitadas por su resistencia-.  Con éste equipamiento ya quedaba listo el transporte para llevar los mercados a las veredas El Guayabo, El Líbano, La Machonta, La Miel, y las otras diez, de las que en la mañana ya habían recogido las cosechas y los pasajeros que venían a misa de once.  Sin duda, el mejor negocio para ellos era esperar al domingo por la noche cuando ya los campesinos borrachitos pagaban viaje expreso hasta su vereda, pues los buenos precios del café habían sido favorables por aquellos días y les permitían darse esos lujos.fargo_1953_99706374164046093

Volante recientemente había vendido su finca y pudo comprarse una casa en el barrio que llamaremos “Laborista” para no dar muchas pistas de nuestro verdadero personaje.  También se compró una pick-up para trabajar y el resto de plata la prestó a intereses a sus amigos comerciantes.  Por sus escasas habilidades motrices para la conducción, los colegas -entre ellos Tomacalcio– lo empezaron a llamar “Volante”.  Aquél año había sido bastante rentable y llevaba varios meses de constante trabajo por lo que también había aumentado el consumo de cerveza y guaro.  Después de las ocho de la noche le resultó una carrera para La Placita para llevar a un antiguo cliente y amigo suyo.  Como la noche apenas empezaba y el pasajero andaba alegre, pararon a tomarse el último en La Rioja antes de emprender camino.  Allí fueron varios los guaritos que compartieron ambos –pasajero y conductor-, otros tantos se tomaron el La Bomba -donde trabajaban unas “niñas necias” de las que ya hemos mencionado-, luego en la fonda Tres Esquinas y más adelante por la polvorienta carretera llegaron a El Tabique, la fonda más reconocida y alegre de la zona y donde el pasajero se quedó para continuar con su rumba ya cerca de la casa.  Pasada la media noche y de regreso Volante paró donde La Mocha para tomarse un trago más, pero el negocio estaba cerrado y le tocó seguir hasta la curva siguiente y parqueó frente a Ranchopaja, donde el baile estaba en todo su furor.  El reloj de la iglesia marcaba la una de la mañana y la pólvora navideña aún sonaba con furor en las calles llenas de gente festejando cuando nuestro amigo entró al pueblo por la calle La Plazuela con Alci Acosta sonando en el pasacintas.  A estas horas ya el cansancio, el licor y el sereno le pasaban factura a Volante, quien en la esquina donde sus vecinos horas antes rezaban la novena de aguinaldos, cayó dormido sobre la cabrilla.  Lo último que recuerda fueron las múltiples luces de colores dando vueltas a su alrededor en medio de un estridente ruido.

Encerrado en un lugar estrecho despertó algo desorientado sin noción del tiempo transcurrido y con un agudo dolor en la cabeza que le humedecía parte de la frente, pero agradecido por no estar siendo auscultado por Cachibajo ejerciendo su labor forense.  Al frío y estrecho calabozo alcanzaba a entrar un rumor desde algún lugar cercano y lo que escuchó lo preocupó de tal manera que deseó no haber tomado conciencia nunca más:

-Le partió las piernas a María, decía la inquisidora voz.

-Y pasó por encima del niño, agregó otra señora al borde del llanto.

-Y ni que decir de como quedó el pastor contra el poste.

-Pobres angelitos, ¡que tragedia!, Intervino de nuevo la primera voz.

Días después el hombre asustado con una herida en la cabeza y aun enguayabado pagaba una costosa factura que en la descripción decía: “pesebre grande en cerámica de 13 piezas con pastor y angelitos”.

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