Vicente

Por aquí frecuentemente recordamos a un hombre que tenía muchas cosas de dios (o de maestro o deidad o santo o como le quieran decir); a los primeros habitantes de viceestas montañas les enseñó a querer y valorar su cultura, a ser hombres libres, a ser todos uno; a otros nos dio lecciones de amor incondicional, de honestidad, de entrega total y de servicio; cosas que aún hoy no hemos entendido, ni tampoco la verdadera misión que tuvo entre nosotros y ya no está para seguirnos insistiendo. En vida hizo muchos milagros y nos mostró cómo hacerlos, pero creo que tampoco se lo aprendimos. ¡Ese sí es un santo! y un sabio, que a pesar de todo nunca dejó de vivir a plenitud; también fue un eterno hedonista: fumó, bebió y bailó todo lo que quiso.

Su recuerdo sigue freso en mi memoria, el recuerdo de un hombre transparente, un hombre sincero, un hombre con una particular voz que no producía eco pero que todos escuchábamos y todos acatábamos con aprecio.

Cuando conocí a Buchi, -aunque le decían Vicente- pensé que era sólo un viejo borrachín, gracioso y dicharachero pero este personaje de barbas grisáceas fue un maestro que vino a enseñar algunas de las cosas más sublimes y divinas del ser humano: la bondad, la pasión, el desapego, la sensibilidad… el Amor.

En su funeral los homenajes fueron muchos y claro que a él le hubieran gustado, pero también sabría que no todos eran sinceros; algunos personajes que hábidos de protagonismo fueron los primeros en aparecer.  Para guardar su memoria se propusieron cátedras, monumentos, museos y un sinnúmero de propuestas más, pero su obra no necesita esas cosas, su verdadera obra y su verdadero reconocimiento está en el corazón de los suyos.

Matojo y Oscar

Oscar es un tipo tímido, trabajador, dedicado, sencillo, alejado de los lujos y la suntuosidad, poseedor de un amplio conocimiento acumulado por años de estudio, observación y análisis.  No se le conoce círculo social alguno, sin embargo, es bastante respetado por los más cultos del pueblo.  El viejo Mutis seguramente hubiera disfrutado y aprendido algunas cositas en su compañía y a lo mejor, para nuestro orgullo, la famosa expedición botánica hubiera tenido otro nombre.

Matojo es un tipo extrovertido, bailarín y bebedor, todo un goliardo contemporáneo, que, abrazado a una botella de cerveza puede pasar semanas.  Siempre se niega a asumir compromisos protocolarios, contratos o responsabilidades que no cumplirá.  El inventario de su negocio frecuentemente termina en trueque por cervezas y hasta en ocasiones sus borracheras son financiadas con anticipos o préstamos de los clientes a quienes termina pagando con trabajo.

Oscar prefiere caminar por las calles secundarias y usa los caminos menos frecuentados.

El mundo de Matojo está en la calle, allí está su gente, su combustible, su escenario.

Oscar escucha siempre con atención y sólo habla lo necesario.

Matojo habla, canta, ríe con euforia.

Oscar suele pasar semanas sin salir dedicado a su trabajo.

Matojo pasa semanas enteras viviendo y bebiendo como un pachá.

Oscar es un reconocido jardinero y botánico sin título.

Matojo comercia matas y canastas de alambre.

Oscar siempre conoce la historia de cada planta, sus usos y beneficios, aún de las que ignorantemente llamamos maleza.

Matojo siempre sabe cuántas cervezas vale cada una de sus canastas y la mata más costosa no vale más que dos “pilsenón”.

Oscar y Matojo son hijos de Guillermina y, sin embargo, no se conocen entre sí.  Oscar y Matojo son el hijo de Guillermina.

P.D. Cuando los pueblos se miran no con ojos de turista, sino con ojos inquietos o con mirada curiosa, se encuentra en estos lugares escenas profundas, escenas sinceras que son el reflejo verdadero del lugar. Esos son los momentos que dan vida propia y la personalidad atractiva que tienen nuestros pueblos. Esas fueron las imágenes que pasaron por la cámara que hoy nos ambienta este relato.

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Foto: Sandra Ríos Gómez de la serie “No me tome fotos que yo soy fotogénico”

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Foto: Sandra Ríos Gómez de la serie “No me tome fotos que yo soy fotogénico”

 

 

 

 

 

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La patria.

La patria que yo celebro es otra muy diferente a la que se festeja en los feriados nacionales.  La verdadera patria no es de desfiles ni banderas; ni la que dicen construir con fusiles los de izquierda, los de derecha y ni ahora los del centro, porque ningún arma se hizo para buenas causas.

La patria que yo celebro es aquella que construyen a diario los niños con sus cometas, sus trompos, sus canicas y sus rondas.

Esa es mi nación.

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Sacro y pagano

Un aviso pulcro en papel cartulina se ve por el pueblo invitando a un gran evento el sábado en la noche.   Promete un rato agradable en familia.

Un colorido aviso en papel barato y con mala ortografía invita a un espectacular programa el sábado en la noche.  Promete cariñosa compañía.

Invitaciones personales llegan a las damas y familias más distinguidas, también a los funcionarios  públicos.

El rumor se riega por los bajos mundos, entre obreros, jornaleros, transportadores, taximotos, viejos verdes y muchachos turgentes.

En la Supertienda se abre un crédito para comprar los ingredientes de las viandas.

El distribuidor autorizado entrega pedidos extra de cerveza, aguardiente y ron.

La emisora parroquial invita al gran evento familiar.

Un pregonero en moto con un rústico megáfono promete una gran noche.

Las empanadas y los tamalcitos ya están en la olla.

El mango picado y los casquitos de naranja quedan listos como pasantes.

Los dos extremos de una calle se cierran.

Las puertas que dan a la calle ya están abiertas.

Las tablas de juego y las balotas están listas.

Las tablas de juego y las balotas están listas.

El premio mayor es una imagen de Santa Ana y la gracia de Dios.

El premio mayor es Angelina La Batidora y botella de aguardiente.

Invita la parroquia y la Legión de María para recoger fondos con que financiar las obras parroquiales.

Invita su Taberna La Punta y no da más explicaciones.

 

Por casualidad, por causalidad o por estrategia coinciden dos bingos en un pueblo pequeño donde no pasa casi nada, pero se pasa muy bueno; una situación muy particular que llamó bastante la atención entre mis amigos, mientras los carteles de ambos bandos rivalizaban silenciosamente entre esquinas a medida que se acercaba el día señalado.  Para ese sábado nuestros planes estaban definidos: ya teníamos para comprar empanadas en el sacro y las cervezas en el profano.

Aquella tarde, horas antes del evento, misiá Paulina, la líder de la Legión de María, llegó con una gran preocupación a la oficina parroquial atendida por Amantina, recalcando la terrible competencia que tenían con las “muchachas de abajo” y que temía por quedarse sin clientela y con todo comprado.

Por cuestiones laborales tuve que viajar aquél día y hasta olvidé el asunto, sin embargo, había la posibilidad de volver temprano, pero desafortunadamente hubo retrasos en la vía que sólo me permitieron llegar pasada la media noche.

Lo primero que se ve al llegar al pueblo es el cementerio y junto a su entrada principal otras dos puertas rojas que igualmente conducen a un lugar de mucha candela, uno más fogoso que el otro, uno menos eterno que el otro, pero fuegos que al fin y al cabo terminan quemando y de los que sólo se sale cuando ya todo ha ardido.

Las dos puertas de La Punta todavía estaban a reventar; afuera vi carros, motos, caballos amarrados a las rejas del cementerio y hasta dos bicicletas recostadas al aviso que daba la bienvenida al pueblo.  El bingo estaba en su furor y según vi, el mono estaba reclamando el premio.  Con esa cantidad de gente aquí no creo que la parroquia haya podido conseguir para financiar sus obras -pensé-.

Al llegar a la esquina de El Real, la calle de la Casa Cural aún estaba cerrada y las juiciosas señoras de la Legión de María, aunque trasnochadas, juiciosamente recogían mesas, tableros de bingo y barrían la calle.  Se salvó el bingo de la parroquia -pensé-.  Por lo visto había tenido buena asistencia.

El consumo de chocolate y empanadas por un lado había sido suficiente; el licor y otros encantos terrenales por otro lado, también.

Y para la preocupación de las señoras, nadie más que Amantina podría dar una respuesta tan inteligente a la líder de la Legión de María: “no se preocupe misiá Paulina, que el público de allá no es el mismo de acá”.

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La Plaza

Una enorme sombra cubría la pequeña plaza que siempre estaba rodeada por avispas amarillas y gallinazos que ansiosos esperaban los manjares dejados por los toldos de las carnicerías que en los días de mercado llenaban de colores y olores todo el lugar; los nidos de las avispas parecían globos flotantes y las bandadas de gallinazos oscurecían aún más la enorme sombra que cobijaba andenes, patios y jardines. Además de los silvestres visitantes también existen evidencias que bajo esas sombras pasaron, se resguardaron o se inspiraron personajes como el General Uribe Uribe, el poeta Tartarín, el sabio Buchi Bu, las maestras Kika y Taísa y hasta el cantante Gardel en su final viaje fúnebre.  Desde allí se ha tejido la historia de nuestra gente, incluyendo amores, desamores, ferias, carnavales, festines y nació la poética Noche Azul.  También por allí llegó el desarrollo en recuas de mulas y bueyes construyendo un nuevo paraíso con Adanes y Evas de apellido Restrepo, Toro y Ochoa.  Hoy sus Caínes y Abeles seguimos por aquí.

Esa gran sombra inspiró, protegió, sorprendió, ocultó, apoyó y también habló durante muchos domingos con una anónima voz que desde lo alto hacía eco por todos los recovecos y que reconocíamos como “la voz de la ceiba”.

La enorme sombra crecía robusta desde las raíces, escalaba hacia los cielos en forma de tronco y florecía desde las enormes copas de una ceiba que cada aniversario celebraba los mismos 113 años de su protectora presencia, porque bajo esa sombra el tiempo se detuvo en el momento que los potentados azules armaron su latifundio.

La predicción del vidente contaba que cuando esa sombra cayera, una nueva luz, una luz renovadora, iluminaría toda la región y las conciencias serían despertadas.

Un día el árbol cayó después de mucho resistir, pero sus raíces eran tan profundas que aún su presencia se siguió sintiendo sobre cada rincón sin dejar que llegará la esperada iluminación.

Hoy la sombra no se ha desvanecido, la sombra no era del árbol, la sombra somos nosotros.

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Un paraíso con infierno

Este paraíso empieza en el puente de Sabaletas, termina en la piedra de La Virgen y en medio, bajo una vieja ceiba se viven los nueve círculos dantescos, porque no hay paraíso sin infierno.

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Me gustaría conocer el nombre del autor de este dibujo para darle los créditos correspondientes y de paso pedirle su autorización para dejarlo publicado aquí. Agradezco si alguien tiene la información y me la pasa para ponerme en contacto con este paisano.

En éste pueblo se pasa muy bueno, la mayoría de los que nos vamos queremos volver, algunos volvemos pero nos toca irnos de nuevo porque la vida laboral fluye mas en otros lugares. Si se vive allí, todos los días son muy similares, a primera vista perfecto para calificarse como cittaslow o como residencia para jubilados, pero no, todavía le falta encontrar el ritmo y para tener ritmo hay que movilizarse; por eso mismo cuando se pasa algún tiempo lejos, años o hasta décadas, uno llega y todo parece igual que el día en que se fue, sólo que los mas jovencitos ya no te reconocen; esos mismos muchachos que ahora frecuentan esos lugares emblemáticos para nosotros como los lagos del amor, la piedra de la virgen, los charcos de pescaderos, el parque infantil entre otros tantos aptos para enamorar o probar los primeros tabúes; algo así como lo que sucedía en la raíz del quimulá de La Tierra Eramos Nosotros.

¿Quién no se ha disfrutado unos traguitos en el muro del parque?, también donde Rafa, en La Rioja, donde Gabriel, en la Punta, en las fondas de El Bosque, en Ranchopaja, Playarrica o el Guayabo, en la Fabiana o en Itima y mas recientemente en la caseta de Julio el Embera.  Hoy volver al muro del parque inevitable es encontrarse con “Pestañas”, “Colimocho”, “Matojo” y hasta con el recuerdo de “Quintalla”, “Cahibajo” o Rodrigo Valencia, todos en medio de sus etílicas divagaciones. ¿quién pasará mas bueno que ellos?

“Moncho”, “Belkin”, “Honner”, “Candelabro”, “Rusco”, “Piko”, “Luminaria”, “Mefía” y “Falsete” entre otros, se pasan las tardes pachurequiando en una esquina imbuidos en su hobby mas apasionante: comunicar lo no acontecido, lo no vivido y lo nunca imaginado siquiera por los protagonistas de esos cuentos.  Su labor ha roto amistades, acabado matrimonios, dañado negocios y creado una fama sin precedentes, de la que se enorgullecen por sus “inteligentes” y “constructivos” análisis políticos y sociales.  A simple vista y por la propiedad con que se toman la palabra uno pensaría que se trata de la “Misión de los sabios” que un expresidente trató de crear para resolver los problemas colombianos.

Un descarriado converso a ritmo de racheras en una carrosa roja tuvo su época dorada de bacanales en estas calles y muchos festines fornicarios en sus fincas.  Esa generación de muchachos que se dejó cautivar por él y sus extravagancias ya ha sido extinta, salvo uno que otro, pero el “Don” ya reza, comulga y paga el diezmo.

La vida feudal se vive… y se idolatra en algunos casos, sólo basta ver a esos serviles lacayos complaciendo a sus amos, viejos barrigones esperando ser amados por caricias compradas… –¡calláte mirón!– me dice una voz interior, le hago caso y paso al siguiente párrafo para no seguir hablando de estos “monarcas”.

El pueblito es tan bueno -como dijo un amigo- que se lo llevan a volquetadas para Medellín.  Efectivamente hace décadas se explota una mina con la mejor arcilla del país -en la industria es conocida como Arcilla Valparaíso- y sólo nos queda el daño a natura.  Hoy también nos exploran unos canadienses, ¡falta poco para que nos exploten!.

Las tierras son muy fértiles y producen casi cualquier cultivo.  El café, la caña y el cacao fueron la base de la economía en los tiempos en que el pueblo iba en desarrollo, pero ahora los hombres ya no trabajan gracias a los subsidios, porque con lo poquito que reciben sus señoras y los hijos, se acostumbraron a vivir.

Todavía existe un sitio de diversión para adultos del que ya se ha hablado en otros relatos, aunque algunas serviciales muchachas prestan sus independientes servicios a ciertos gamonales que también van a misa los domingos y fiestas de guardar.

Ya no está la prendería de Luis Ramírez, ni la de Leví, pero los varados pueden llevar sus alhajas o prestar unos pesos bajo la modalidad de “gota a gota” y por eso a fin de mes se ven desfilar, entre otros, a muchos profesores para salirse de apuros financieros, especialmente los más piperos.

Todavía es común ir a mecatiar pichirrichi con marialuisa en la panadería de los Arias, o comer arepas con todo donde la mona, o bombón de pollo mal frito donde Bon Bón o chupar cremas y bolis que venden en casi todas las calles contribuyendo a la economía familiar de algunas juiciosas señoras.  Eso sí que no falte la gelatina de pata o jalea que hace Doña Fabiola, ¡que cosa tan buena!, y las panelitas de Doña Francisca.  Lo que sí se han perdido éstas últimas generaciones es la jaruma, el gaucho y el minisigüí o minisicuí (no se como se dice) que vendían en la escuela, ese fue el primer mecato que consumí antes de conocer los chitos yupi y las papitas.

Por sus calles discretamente he visto transitar a varios intelectuales pasando desapercibidos; sabios que no quieren ser adulados y por eso están allí, porque nadie se fija en ellos, hasta en ocasiones son menospreciados y si acaso han sido reconocidos por alguien hasta se hacen los tontos.  De esos sabios discretos tenemos varios, ojalá llegaran más a refugiarse en éste paraíso.  Por ésto todavía es posible enredarse en una interesante conversación entorno a un buen tinto.

No faltan las personas espirituales de vitrina que van a su ritual solo para que las vean y en el fondo llevan su conciencia tan sucia que ni los santos sacramentos son suficientes para ocultar su oscuridad.  Bendito el día en que esa sombra se disipe de nuestro pueblo.  El camino de la espiritualidad no se mercadea, se vive con discreción. Más amor y menos alarde.  Actuar y no cacarear.

En ésta tierra los políticos se hacen inteligentes con los votos.  Mientras están en campaña son humildes, escuchan, analizan, son respetuosos de otras opiniones; pero al ser elegidos su coeficiente intelectual misteriosamente sufre una gran evolución y ya no necesitan de nadie ni de nada.  Son autoritarios, conocen la soluciones a todo, pero no solucionan nada y solo los suyos son los intereses válidos.  Es una conducta que se ha repetido tantas veces que ya se asume como lo normal.  Pero no sólo es culpa de ellos, los otros tampoco hacemos nada.  Y todavía en éste pueblo se pasa muy bueno.

Paradójico es también que en una cuna tan pacata, mojigata muchas veces, haya nacido unos de los librepensadores mas importantes de nuestro país y aunque nosotros mismos no lo reconozcamos así, basta ver cuántos tratados han sido escritos sobre él gracias a su legado intelectual.  Uno de los mas grandes intelectuales de la nación y aquí ni siquiera su obra conocemos, gracias a la lerda sociedad local que nos enorgullece.  El General Uribe Uribe hasta nos enseñó como tomar un buen café.

Los artistas son muchos, muy buenos casi todos como Rogran, Chocho, Vicente, Roke, Chatarra; aunque hay otros tan malos como yo pero que harto nos divertimos haciendo cositas.  Los cantantes, los poetas, los pintores, los escultores, los duros de las artes escénicas como PETEVAL, Claroscuro, La Vendimia, Teatro Popular de Valparaíso -TPV-, Viajeros del Tiempo y hasta escritores, sólo por mencionar algunos de los que nos han dado gran reconocimiento.

Insisto, en éste pueblo se pasa muy bueno.

Por todo lo anterior y por otras cositas, digo que éste paraíso empieza en el puente de Sabaletas, termina en la piedra de La Virgen y en medio, bajo una vieja ceiba se viven los nueve círculos dantescos, porque no hay paraíso sin infierno.