Sacro y pagano

Un aviso pulcro en papel cartulina se ve por el pueblo invitando a un gran evento el sábado en la noche.   Promete un rato agradable en familia.

Un colorido aviso en papel barato y con mala ortografía invita a un espectacular programa el sábado en la noche.  Promete cariñosa compañía.

Invitaciones personales llegan a las damas y familias más distinguidas, también a los funcionarios  públicos.

El rumor se riega por los bajos mundos, entre obreros, jornaleros, transportadores, taximotos, viejos verdes y muchachos turgentes.

En la Supertienda se abre un crédito para comprar los ingredientes de las viandas.

El distribuidor autorizado entrega pedidos extra de cerveza, aguardiente y ron.

La emisora parroquial invita al gran evento familiar.

Un pregonero en moto con un rústico megáfono promete una gran noche.

Las empanadas y los tamalcitos ya están en la olla.

El mango picado y los casquitos de naranja quedan listos como pasantes.

Los dos extremos de una calle se cierran.

Las puertas que dan a la calle ya están abiertas.

Las tablas de juego y las balotas están listas.

Las tablas de juego y las balotas están listas.

El premio mayor es una imagen de Santa Ana y la gracia de Dios.

El premio mayor es Angelina La Batidora y botella de aguardiente.

Invita la parroquia y la Legión de María para recoger fondos con que financiar las obras parroquiales.

Invita su Taberna La Punta y no da más explicaciones.

 

Por casualidad, por causalidad o por estrategia coinciden dos bingos en un pueblo pequeño donde no pasa casi nada, pero se pasa muy bueno; una situación muy particular que llamó bastante la atención entre mis amigos, mientras los carteles de ambos bandos rivalizaban silenciosamente entre esquinas a medida que se acercaba el día señalado.  Para ese sábado nuestros planes estaban definidos: ya teníamos para comprar empanadas en el sacro y las cervezas en el profano.

Aquella tarde, horas antes del evento, misiá Paulina, la líder de la Legión de María, llegó con una gran preocupación a la oficina parroquial atendida por Amantina, recalcando la terrible competencia que tenían con las “muchachas de abajo” y que temía por quedarse sin clientela y con todo comprado.

Por cuestiones laborales tuve que viajar aquél día y hasta olvidé el asunto, sin embargo, había la posibilidad de volver temprano, pero desafortunadamente hubo retrasos en la vía que sólo me permitieron llegar pasada la media noche.

Lo primero que se ve al llegar al pueblo es el cementerio y junto a su entrada principal otras dos puertas rojas que igualmente conducen a un lugar de mucha candela, uno más fogoso que el otro, uno menos eterno que el otro, pero fuegos que al fin y al cabo terminan quemando y de los que sólo se sale cuando ya todo ha ardido.

Las dos puertas de La Punta todavía estaban a reventar; afuera vi carros, motos, caballos amarrados a las rejas del cementerio y hasta dos bicicletas recostadas al aviso que daba la bienvenida al pueblo.  El bingo estaba en su furor y según vi, el mono estaba reclamando el premio.  Con esa cantidad de gente aquí no creo que la parroquia haya podido conseguir para financiar sus obras -pensé-.

Al llegar a la esquina de El Real, la calle de la Casa Cural aún estaba cerrada y las juiciosas señoras de la Legión de María, aunque trasnochadas, juiciosamente recogían mesas, tableros de bingo y barrían la calle.  Se salvó el bingo de la parroquia -pensé-.  Por lo visto había tenido buena asistencia.

El consumo de chocolate y empanadas por un lado había sido suficiente; el licor y otros encantos terrenales por otro lado, también.

Y para la preocupación de las señoras, nadie más que Amantina podría dar una respuesta tan inteligente a la líder de la Legión de María: “no se preocupe misiá Paulina, que el público de allá no es el mismo de acá”.

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