Lugares y momentos

Estamos llenos de esos pequeños lugarcitos donde fabricábamos fantasías juveniles, aunque para los mayores fueran sólo pecaminosos rincones por donde las niñas decentes no deberían pasar.  Qué dicha esos bellos lugarcitos, paraísos y purgatorios a la vez.

Ahora que tire la primera piedra quien no haya besado o a quien no hayan besado en las ventanitas del banco, en las oscuras escalitas de Edatel, en la piedra de la virgen, en el muro del parque, en las mangas de Rafael Uribe, en la entrada de la biblioteca, en los lagos del amor, en el alto de la lechería, en el parque infantil, en las bancas del quiosco o en uno que otro matorral urbano que todavía abundan por ahí.

Ir a los charcos de La Ley o los de Vequedo, Conde, Pescadero o la piscina de Memo eran otra gran aventura, ésta de corte más social, pero también con espacios para el cortejo.  Estas hazañas eran programadas en los descansos entre clases o mientras hacíamos las consultas en la biblioteca municipal o en la biblioteca de las Hermanas Dominicas o mientras hacíamos las tareas en las mesas del parque escuchando a Serrat, Nino Bravo, Isadora, Pandora y demás músicos de moda.  Todos los planes eran concretados face to face -como dicen ahora-, pues obviamente no había messenger, ni whatsapp ni emoticones, porque todavía no inventaban los celulares ni la internet y, sin embargo, la vida era chévere sin esas cosas; si acaso habría algunas casas con teléfono fijo, pero la mayoría para comunicarnos con familiares que vivían en la lejana Medellín teníamos que ir donde descargaCruzola, la operadora de la oficina de Telecom, ella nos marcaba el número para luego decirnos: “por la dos le contestan”.  Si la noticia era muy urgente había que enviar un telegrama, cuya particular redacción para ahorrar palabras nos enseñaban en la escuela.  “mejorando notablemente punto alégrome triunfo bachillerato”.  Por todo esto nuestras fronteras no pasaban más allá del puente de Sabaletas y la piedra de La Virgen y eso hacía que los paseos a tirar charco fueran toda una aventura extrema lejísimos del pueblo, por lo que necesariamente había que llevar fiambre pero envuelto en hoja para no tener que cargar la coca al regreso.  Nuestra frontera era marcada por la sombra de la ceiba.

El Bodegón, La Clarita, La Ventana, El Encuentro y El Kiosco fueron las heladerías donde los más grandecitos ya invitaban a las muchachas a tomar fresco, los otros soñábamos con un futuro no muy lejano haciendo lo mismo; mientras tanto había que seguir jugando a ser grandes.  Las discotecas Candilejas y Fama ya eran antros para los más adultos, donde se veían las muchachas más lindas del pueblo con sus mejores pintas y en esos rincones también pasaban cositas.  Hoy en una venden panes y en la otra juegan billar y remis apunta’o.

Nuestros rinconcitos de romance algunas veces fueron profanados con amores foráneos que llegaban a bordo de los festivales de teatro o de los campeonatos deportivos y traían consigo hermosas y fugaces miradas de pícaras adolescentes y uno hasta sentía celos con sus amigos solo por haberse fijado en la misma muchacha que a todos coqueteaba por igual.

Pero estas historias no han sido exclusivas de una generación, CEIBApues los muchachos de hoy, así como los de antes, tejen sus romances en esos mismos espacios donde nacieran tantas fantasías juveniles, aunque con otros protagonistas, seguramente no con la inocencia de antes, pero sí con las mismas sensaciones y los mismos susticos.  Esos mismos lugares de aventura o de romance hoy los habitan muchachos que seguramente fueron fruto de juveniles amores allí consumados; en esos bellos lugarcitos, paraísos y purgatorios a la vez.

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