La peculiar familia Londoño.

La ciudad.

Por el Medellín de aquellos años ya había pasado el festival de Ancón, una rústica réplica del famoso bacanal de Woodstock, porque todo lo queremos copiar, pero lo copiamos mal.  Los nadaístas ya habían sido excomulgados (gracias a Dios según ellos mismos), la quebrada Santa Elena ya había sido canalizada, el imponente edificio Coltejer ya tocaba el cielo paisa, y yo todavía no nacía. A pesar de todo la ciudad aún era muy provincial, y Medellín seguía siendo conocida como “La Villa”, la Bella Villa, y sus laderas empezaban a poblarse, casi siempre por migrantes llegados de los pueblos que venían a buscar mejor futuro en las fábricas, principalmente las textileras, donde hasta las mujeres podían trabajar para aspirar a un salario, cosa impensable en el campo. Todavía existía un salario mínimo legal para la ciudad y otro salario mínimo para el campo -obviamente inferior-.  Absurdo pero cierto, y esto era otra situación que cautivaba a los campesinos y de paso incentivaba el crecimiento demográfico de una ciudad en desarrollo pero nada preparada para el crecimiento demográfico, sumado al IMG-20150924-WA0001poco control natal y a la conservadora y radical oposición religiosa frente la píldora anticonceptiva que años antes habría revolucionado al planeta, liberado a la mujer de
su parturienta vida y marcado el inicio de la era de acuario.  Así creció la ciudad, arañando terrenos a las laderas para colgar allí los ranchos que servirían de vivienda a las familias que con cerdos, gallinas y muchachitos, muchos muchachitos, crearon ciudades dentro de la ciudad y trajeron consigo además sus arraigadas costumbres campesinas para seguir viviendo como campesinos, pero en medio de la ciudad.

Las lomas.

En una de esas laderas de Medellín se observaba un enorme y luminoso aviso, de nuevo replicando lo que hacían nuestros referentes del norte donde se fabrican los ídolos del cine, pero en nuestro caso no decía Hollywood, ni Medellín, decía “COLTEJER”.  Tan emblemático fue que hasta inspiró un refrán popular que todavía se usa para referirse a algo que está demasiado distante: “está más lejos que el aviso de Coltejer”.  Para otros incluso fue un referente de orientación geográfica en la ciudad, equivalente a la estrella polar para los marinos.AV

En la misma ladera oriental, pero más al sur del aviso está el barrio Loreto, particular por su entramado de calles donde hasta hace unos años se hacían los mejores festivales del porro (el que se baila, no el que se fuma, que también se veía bastante por ahí).

El amor, la persistencia y la moral.

Proveniente de las montañas de Jericó llegaba a Medellín la jovencita Ligia, una linda muchacha de finas y delicadas facciones europeas, todavía con su blanca tez que no había sido dorada por el inclemente sol que ardía en la piel de las jóvenes de tierras más bajas y cálidas.  Venía dejando un pasado que silenciosamente hoy recuerda en susIMG-20150924-WA0000 melancolías cada vez más frecuentes.  Por la misma época también llegaba quien sería su más grande amor: Luis Londoño, llegado de las pendientes de Betulia, era un hombre acuerpado, moreno y muy alto que contaba con una gracia especial con la que no tardaría mucho en conquistar a la madre de sus futuros descendientes y aunque él no lo tuvo fácil, ella desde el inicio sabía que había llegado el que sería su compañero de vida.  Cuando Luis Londoño en el teatro Lux de Manrique, mientras se proyectaba una película cualquiera, le tiraba papelitos para atraer su atención, sin él saberlo aún ella ya lo había elegido, sin embargo, la moral le dictaba a Ligia que era muy pronto para hacérselo saber, hasta cuando el amor no pudo esperar más y por fin ella dijo “si” frente al altar, sellando para siempre su pacto de amor incondicional.

La muchachada.

IMG-20150924-WA0002Dicen que las lomas de Loreto eran bellamente adornadas por las atractivas y joviales muchachas que vivían más allá de la calle a la que llaman “la pared”, por donde se  cruzaban los muchachos a diario para atisbar sobre todo a las Londoño, que ya estaban en edad de merecer y porque además eran de las más juiciosas y bien criadas, gracias a los buenos y sagrados principios familiares inculcados por don Luis y doña Ligia, ayudados de vez en cuando por el juete, la verbena o los viejos ramales de cuero de una desbaratada cubierta y cuando no, también un chancletazo ayudaba.

Entre los vecinos estaban el joven Luis Eduardo, organizado y meticuloso, que había sido bien aceptado por el suegro y que al final terminaría casado con Omaira de la Cruz, la hija mayor y de quien no revelaré anécdotas por cuestiones políticas.

Los demás seguían los juegos de cortejo con las muchachas, entre ellos Germán, un hombre jovial que usaba una ruana pecaminosa para combatir el frío de aquellas boscosas laderas del Medellín post-hippie pero aún pueblerino.  Nunca negó abrigo a las friolentas vecinas, aunque su corazón solo buscaba llegar a la Gloria, la Gloria Nélida. Germán era de los más populares en el barrio, pues con el ejercicio de su profesión ya había comprado un moderno equipo de sonido y una buena colección de lognplays con los que amenizaba todas las fiestas de Loreto.

Lisirio, quien sacado de la crónica que lanzó a la fama a García Márquez cuando iniciaba su labor periodística, llegó a Loreto armado con su buen sentido del humor a conquistar el amor de la agraciada Irma del Rosario, con quien luego conquistaría tierras canadienses.

También estaba Nidia del Rosario, la misma que decepcionada por su muñeca sin pelo que le trajo el niño Dios, a escondidas la regaló al bazar de la parroquia y luego al ganarse la rifa del bazar, adivinen qué muñeca volvió a sus manos.

Alba Miriam caería en brazos de Javier Muñoz, este sin saber que había conquistado a una mujer que ardería en el purgatorio por no cumplir las directrices religiosas, pues tenía claro que cada minuto que anduviera sin cucos sería una eternidad a fuego lento, sin embargo, cierto día olvidó llevarlos a la ducha y tuvo que salir desnuda bajo la bata en busca de su prenda íntima, pero en el trayecto se sintió tan libre que no le importó quedarse así todo el día y pagar infinitas eternidades ardiendo en el purgatorio por culpa de los cucos del infierno.

IMG-20150924-WA0006Y Guillermo formaría familia con Marta Idolia, la misma que cierto día tuvo que ser llevada de urgencia a la enfermería del colegio por un tremendo malestar.  Al responder las preguntas de rutina contó lo que había comido al desayuno: “lo mismo de todos los días: arepa, quesito, huevos, buñuelo, chorizo, tostadas…” -Con razón, usted lo que tiene es una tremenda irritación -dijo la profesora.  Efectivamente el diagnóstico fue acertado, pero no por ese imaginario menú sino por el que realmente había comido: la tradicional arepa con manteca.  En casa de Marta Idolia ahora se come arepa pero con queso crema.

Javier siempre fue lentico para aprender a hablar, hasta se pensó que no llegaría a hacerlo con fluidez, pero entre la milagrosa de Jericó y el vino seco lo curaron y ahora no hay quien lo calle, el verbo le alcanza para sostener hasta siete conversaciones a la vez.

Angela Patricia, la única blanquita y de pelo liso, tuvo su complejo infantil por discriminación, pues las mayorcitas la consideraban adoptada, hasta la ocasión en que Gloria Nélida se trepó al escaparate y logró corroborar el parentesco con la partida de bautizo que sagradamente se guardaban en una cajita.  En contraste, Diana Cristina con su pelomicrófono llegó a tener cierto aire de familiaridad con el técnico Maturana.

Diego Alonso sobrevivió a la infancia de milagro, pues en una representación de Judas casi termina igual que el personaje bíblico, en éste caso ahorcado por las cuerdas de la cortina que sus hermanitas inocentemente habían enredado en su cuello.  Si no fuera por el ingreso casual de Omaira de la Cruz, éste párrafo sería un relato fúnebre en vez uno anecdótico.

Y finalmente estaba Fernando, el menos egoísta de todos los niños que haya habido, pues IMG-20150924-WA0007en cierta ocasión con el disfraz de robot que le confeccionaran las hermanas, se ganó el concurso de Coltejer y con él obtuvo el derecho a elegir el premio.  Por elegir estaba un hermoso triciclo con el que sus hermanos, empezando por Javier, se imaginaban bajando las lomas de Loreto, uno adelante y otro atrás.  Pero la lógica de Fernando era otra: el triciclo sólo lo podrían disfrutar dos hermanos a la vez, mientras que con el balón todos podrían jugar sin tener que esperar turnos.  Obviamente todavía le recriminan la lógica decisión que tomara el niño robot.

El señor de los quesitos.

Por rumbero y la fama de conquistador que llevaba a cuestas, Germán fue el menos apreciado por el suegro y sólo fue digno de su saludo -aunque un saludo frío y distante- después de haberle elaborado la declaración de renta, sin costo obviamente, como era de esperarse de un candidato a yerno. Ya había un adelanto, aunque con el cuñado Javier no hubo tanta dificultad, pues compartían pícaras aventuras con fogosas muchachas que hoy cuentan con gracia.

Por esta situación los presentes de Germán no solo eran para Gloria Nélida, sino que siempre llevaba suficiente para toda la familia.  Así fue como en un viaje al lejano Amalfi  mandó a hacer el quesito en hoja más grande que se podía concebir, tanto que no fueron suficientes las tres hojas de biao -aunque los eruditos le dicen bijao- con las que intentaron envolverlo y tuvo que usar su ruana para poderlo cubrir por completo.  Su amor por la Londoño valía la pena.

Hay que imaginarse la cara de satisfacción con la que se bajaría del bus para ir directamente a los brazos de su amada con el ostentoso regalito entre la ruana.  Se calculaba que el quesito alcanzaría para los desayunos de una semana de toda la gallada y con el resto pretendían hacer buñuelos para el fin de semana -grandes, muy grandes como los que le gustan a Kevin-.

A la madrugada siguiente todos empezaban su rutina: el papá era el primero en salir para la planta de Coltejer, luego las muchachas mayores que ya trabajaban y más tardecito los menores salían a estudiar.

El patriarca tuvo un repentino malestar durante toda la mañana, hasta que finalmente tuvo que irse para la casa, pero al llegar al barrio se le dificultó la entrada, pues había una inusual congestión con luces y sirenas en la cuadra.

Durante las primeras horas de la mañana la mamá y los niños menores empezaron a sentir malestares estomacales y luego las demás muchachas también fueron llegando con sus respectivos síntomas.  El susto para los vecinos fue gigantesco al ver a los bomberos preparando camillas y a algunos vecinos haciendo cuentas de fallecidos.

Cuando Omaira de la Cruz llegó desde Envigado, también se alarmó por el enorme carro de bomberos en la entrada, dos policías con carabina en mano custodiando la nevera y uno más junto a la caneca de la basura, procurando tener bajo tutela las evidencias del envenenamiento masivo.

El piso estaba inundado de vómitos y también de otro fluido corporal que dejaremos a la imaginación para no ser muy explícitos.

La programación cotidiana de la emisora fue interrumpida -Tal vez Todelar, Radio Nutibara, La Voz de Antioquia o Radio Reloj- para anunciar con inmensa preocupación “¡Envenenaron a los Londoño!”.

Los más delicados fueron la mamá y los niños menores, quienes fueron trasladados a la Unidad Intermedia de Buenos Aires.  Allí en urgencias, mientras esperaban atención, una anciana cegatoncita con ganas de chisme le pregunta a doña Ligia sin saber de quien se trataba: -Señora, ¿qué ha sabido del envenenamiento de los Londoño?  Vaya uno a saber qué respuesta pasó en ese momento por la cabeza de Doña Ligia.

Por la gracia de Dios, nadie murió y hasta Germán con Gloria Nélida se casó.

Final.

Todo el clan Londoño quedó emparentado con familia del sector, menos Nidia del Rosario que se trajo su Monocuco desde Barranquilla.  Hoy unas felizmente casadas, otras felizmente separadas se siguen reuniendo periódicamente para revivir estas historias, bajo la tierna mirada protectora de la abuela Ligia, en compañía de las nuevas generaciones, quienes siguen disfrutando una y otra vez de los relatos como si también ellos los hubiesen vivido.

Epílogo.

El diagnóstico oficial fue intoxicación por hojas de biao fumigadas.  Habrá que esperar que Germán confiese o confirme la versión oficial.

Los nombres no han sido cambiados, pero si lo desean se puede hacer para proteger la identidad de los protagonistas, coincidencias no hay, todo es reflejo de la realidad.  También pido excusas a la familia Londoño por las imprecisiones, porque lo escrito aquí no es más que los vagos recuerdos de las historias contadas por ustedes esa noche en la finca, en medio de la euforia, el “guarotime“, las rancheras y el reguetón… A propósito Germán, ¿cuánto me da unos consejitos para aprender a usar la ruana como instrumento en la conquista de amores furtivos?

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