Tres cortos y uno lento (“El Gago”, “Gallo” y otros)

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Uno.

(En la carretera 1)

Por la carretera que lleva al pueblo, en el alto de Ítima, siempre ha estado la famosa fonda “El buen gallo”.  Cuando “Gallo” murió, el negocio fue heredado por la hija.  A partir de ese momento el nombre de la fonda se cambió por “El buen gallo de Glenis”.  Por alguna razón, meses después el negocio recuperó su nombre original.

Dos.

(En campaña 1)

Durante unas elecciones locales, un candidato con pocas posibilidades de ser elegido inscribió su nombre.  El viejo Vicente, con jocosa sabiduría le decía: “Si sacas más de dos votos es porque tenés amante”. Tras el escrutinio le resultaron siete votos a favor.  Eso indica claramente que la amante además tenía hijos.

Tres.

(En la calle 1)

Un policía sin uniforme aprendía a patinar junto a su hijo, en la primera clase solo podía levantar el pie derecho para impulsarse, mientras el pie izquierdo, con la rodilla tiesa, permanecía asentado al piso sin ser capaz de alzarlo.  Una niña que los veía se acercó y le dijo:  -Oiga señor, ¡su problema es con la izquierda!  ¿Será clarividente la niña?.

Lento.

(En la carretera 2)

Don Alberto López, en su viejo pero impecable Dodge Dart amarillo se dedicaba a transportar pasajeros hacia La Pintada.  Nunca llevaba afán y sus pasajeros ya sabían que el viaje duraría más tiempo de lo normal.  Siempre andaba lento, lento, lento… muy lento.  De regreso salía antes que el bus y lograba conseguirse unos cuantos pasajeros que tampoco tendrían afán en llegar a su destino.  Uno de tantos días iba con puesto y, en la carretera alcanzó a uno de esos paisanos que trabajaba en las afueras del pueblo, famoso él por fumar de esos cigarrillos que dan risa; Don Alberto con amabilidad se ofreció a transportarlo el trayecto que le faltaba para llegar a su destino. -No, gracias, voy de afán Don Alberto. -Respondió el risueño sujeto-.

La Plazuela

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Desde el cruce con la variante

Este pequeño tramo de pueblo sí que es una verdadera réplica de la sociedad en chiquito, con clases sociales y todo: en la parte baja, la primer cuadra, la más pequeña, viven los más rebuscadores; en la segunda, la del medio, hay dueños de pequeños negocios y trabajadores con empleos fijos; en la tercera, la más alta, ya subiendo, están los dueños de las fincas productoras y dueños de negocios más especializados, que en algunos casos contratan a los habitantes de las otras dos cuadras.

La Plazuela es una calle que, aunque residencial, tuvo su época de oro con el comercio, las cantinas, las tiendas, una prendería y hasta prostíbulo.

Éste sector, que no tiene más de dos cuadras y cuarto, empieza justamente en ese cuarto de cuadra, frente a la casa de Don Horacio, más conocido como “Chora”.  Esa casa era muy fácil de identificar, pues en su curvo andén siempre estaban apilados numerosos bultos de frutas, pequeños guacales de madera con mangos e incontables racimos de plátanos verdes listos para ser empacados en la escalera o el camión que iniciaba su viaje en la noche para estar a la madrugada a la Plaza Mayorista de Medellín.  En ese cuarto de calle también vivían los Flórez, los Paniagua que alquilaban bicicletas por quince, treinta o sesenta minutos por tarifas que iban desde los veinte pesos en adelante; igualmente estabana los Castro, quienes vendían gaucho y colaciones; al lado cohabitaban un motón de mulas en una manguita donde ahora hay una cantina y una carnicería.  Todas éstas familias siguen allí, en las mismas casas que los conocí.  Tradicionalmente la cuadra la ocuparon unas familias sencillas, con casas sencillas y costumbres sencillas, casas intercaladas entre cantinas.

Antigua tienda de Jesús Ley

En la primer esquina estaba la tienda de Juan Garzón, atendida casi siempre por su esposa, enfrente estaba la tiende de Doña Benigna, un largo local con varias puertas de madera en el que siempre daba dificultad caminar por la cantidad de racimos regados por el piso de bananos verdes, pintones y maduros que vendía por unidades, el cielorraso no se supo de que color era, puesto que todo el tiempo permanecía con gran variedad de artículos colgados de cabullas, cadenas o alambritos que descolgaba con un palito que tenía un clavo en el extremo. En su estantería de madera siempre había muchas cajas de “Maizena” y muchos frascos de aceite, de esos de vidrio redonditos que ya no se ven, así como el arroz “Marfil” en cajita con las que hacíamos las casitas para el pesebre en navidad o carritos para el resto del año y mucho, mucho papel higiénico.  En esa primera esquina no podría faltar la amabilidad Jesús Ley, quien con su gran carisma compensaba la baja estatura. De esa bella tienda hoy sólo está el color verde en las puertas de madera y la descascarada cal que cada día deteriora la madera de la carpintería de “Tatareto”.  Mas arribita, hacia el hospital sigue estando desde aquella época, la tiende El Centavo Menos, administrada aún por don Aicardo Noreña.

En la segunda cuadra hubo muchas cantinas, pero el negocio más reconocido fue la prendería de Luis Ramírez, un señor alto, delgado y amable que recibía en empeño cualquier cosa que le llevaran.  Allí llegué a ver desde encendedores a gasolina, escopetas de fístol, azadones, planchas eléctricas y hasta una raíz de guadua convertida en caimán, ¡con colmillos y todo!.  Al llegar a la esquina estaban la cantina de Lipe Obando, la de José Luis y la legendaria Rioja.  Justo después empezaba la zona residencial mas distinguida de La Plazuela.

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La Rioja

Los lunes en la mañana, al pasar por allí rumbo a la escuela, era casi un juego esquivar el cagajón, los vidrios y la sangre aún fresca de quién sabe que herido. Y es que en aquél fogoso bacanal que se armaba todos los fines de semana en ésta calle, la hombría se medía bebiendo cerveza y aguardiente, siendo constantes las riñas con picos de botella, a cuchillo limpio o a machete, armas que todo paisa verraco llevaba camuflado al cinto o entre los aperos de su caballo.  Uno de los que más sangre borracha dejó por allí debió ser “Piquiña”, pues era eterno tropelero en casi toda las riñas, hasta el día en que su bravura fue apagada por un afilado machete frente a La Punta, al lado del cementerio.

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La Plazuela, parte alta

La siguiente y última cuadra tiene una pequeña inclinación que va hacia la plaza, ésta podría considerarse la cuadra aristócrata de La Plazuela.  Allí han vivido algunos dueños de fincas que empleaban a obreros de la cuadra anterior y obviamente sus hijos son más estudiados y empezaban a hacer notorias carreras en la vida política, social o empresarial de Medellín. En este último tramo han estado, entre otros, los Naranjo, los Cruz, los Garzón, los Saldarriaga. Coronando la calle sigue la abandonada casa de los Correa, propietarios también de la trilladora en la misma esquina, aunque parece que a la casa volvió uno de los suyos, porque ahora se ven algunas toallas asoleándose.

La Plazuela fue un pueblo chiquito, un reflejo de nuestra sociedad en 180 metros lineales, con clases sociales y todo, pero plazuela no es, ni ha sido. Es una calle.

La salida de misa.

Es deber de todo católico ir a misa los domingos y fiestas de guardar (como mínimo) y yo que nací en una familia tradicional no iba a tener posibilidades de cambiar ese deber milenario, -al menos hasta cuando estaba más grandecito y ya no vivía en la casa materna-.  Y aunque se celebran misas todos los santos días, no es lo mismo la salida de misa un día cualquiera que la salida de misa de un domingo.

Foto: Gabriel Carvajal - 1955

Foto: Gabriel Carvajal – 1955

Tradicionalmente han sido tres las misas que se celebran el día del Señor, casualmente el mismo pagano día del sol (sunday), según otras creencias: a las 6:00 a.m., a las 11:00 a.m. y a las 6 p.m., siendo la de las once la más concurrida, pero cada una de ellas con un público particular.

A las 6:00 a.m. es común ver a los tenderos, a los carniceros, algunos conductores y a los comerciantes, porque “el que madruga Dios le ayuda” y esto aplica especialmente para los negocios.  Así mismo son fieles madrugadores muchos adultos mayores, quienes después de las cuatro de la mañana ya no pueden conciliar sueño, bien sea por la costumbre de toda una vida de constante madrugar o por la sana costumbre de dormir desde tempranas horas de la noche. Los señores con elegante sombrero Stetson o Barbisio pero que todos conocíamos popularmente como “gardeliano” -el mismo que he querido usar desde pequeño, pero la moda y mi inseguridad no me dejan- y las señoras con la infaltable mantilla o cachirula, ya pasada de moda pero que por la costumbre se resistían a abandonar.  A esta hora tampoco podía faltar mi familia y, ahí, en la primera banca estaba yo cabeceando, peleando contra la fuerza de gravedad para no dejar caer ni la quijada ni las babas, mientras adormecido aún por el madrugón trataba de seguir como autómata los coordinados gestos del ritual dominical: pararme cuando todos se paraban, arrodillarme cuando todos se arrodillaban y murmurar lo que todos murmuraban.

Cómo no iba a estar dormido si el sábado en la noche era el único día que presentaban películas buenas por la Cadena Uno o la Cadena Dos de televisión (porque por aquellos días no había parabólica ni tv por cable).  Esos sábados, a escondidas me veía películas como Las Pesadillas de Freddy Krueger, Tiburón, Orca la ballena asesina, Rambo, entre otras.  Y como era de suponerse, trasnochado y una levantada a las cinco de la para mañana bañarse con agua fría y después pegar esa caminada hasta la iglesia con unos zapatos de charol que tallaban, no era ninguna motivación para un día de descanso, para un día de adoración. Por fin, ya cerca de las siete de la mañana, se terminaba el santo ritual después de los obligados avisos parroquiales y el ofrecimiento de las boletas para la rifa parroquial.  Así como la repetición de las sentadas, las levantadas, las arrodilladas y las señales de la cruz, también era repetido el recorrido a la salida, pues siempre salíamos por la misma puerta y nos dirigíamos a la misma mesa de la cafetería “El Real”, donde a manera de desagravio -así lo sentía yo- podía pedir lo que se me antojara, siempre que fuera la gaseosa (naranja Postobón) y buñuelo caliente. Los demás pedían “periquito”, es decir, café con leche, acompañado con buñuelo.  El mismo pedido se veía en casi todas las mesas con unas contadas variaciones.  También se llenaba de feligreses la panadería de Don Eleazar, que estaba a una cuadra más abajo y quien a pesar de ser Testigo de Jehová era de los que más se beneficiaba del rito católico por las ventas que lograba.  Cuando la discoteca “Candilejas” se convirtió en panadería, también se empezó a llenar con los madrugadores feligreses.  La que no recibía muchos rezanderos madrugadores era la panadería de Miguelito, porque estaba al tope con los pasajeros de la flota de buses que viajaban para Caramanta y Medellín.

El público de la misa de once era muy diferente, era la misa de la familia, a la que llevaban a casi todos mis amiguitos de escuela. Yo me preguntaba por qué no pasaba lo mismo conmigo, si era un horario menos traumático, pero a mi edad no tenía derecho a discutir las decisiones de los adultos.  A esta hora ya habían llegado a la plaza los primeros recorridos de los chiveros que traían feligreses de todas las veredas para cumplir con la sagrada cita: Tulio hacía el recorrido del Guayabo, Mallarino, y La Placita; Miguel Jaramillo venía con gente desde Playa Rica, La Miel y algunas veces de San Pablo, el miso recorrido que alternaba con Quirama en su descolorido Fargo; Cucharada también alternaba recorrido con Tulio o hacía la ruta desde La Quicha, El Líbano y San Cayetano o se iba para Naranjal; Suso Estrada tenía el monopolio para transportar a los Embera desde su resguardo, hasta cuando el trágico accidente lo alejó de esa ruta, la que conocí gracias a la pick up Dodge en la que alguna vez acompañé a mi papá a recoger “memes”, como despectivamente les decían; otros más piratas hacían los recorridos de Bolaños, La Comuna o La Machonta. El hecho es que en la misa de once había más de medio pueblo y podría considerarse la más importante de todas, la más concurrida, la más comentada, la más larga y la más rentable por el monto de la limosna que se recogía.  A la salida de esa misa lo primero que se veía era a Amanda con el megáfono vendiendo las últimas boletas de la rifa parroquial, haciendo el sorteo de los quinientos mil y promocionando las empanadas de las señoras de La Legión de María. También estaban los tendidos de cachivaches en la plaza vendiendo sus cositas, las tiendas y el supermercado se llenaban de gente, los toldos de las carnicerías vendían sus últimas existencias, los toldos de las verduras ofrecían los últimos repollos y las cantinas empezaban a encender los ánimos con tangos y rancheras a todo volúmen. A las doce del día coincidían en la plaza los feligreses, los caficultores que acababan de recibir el pago de su producción y los jornaleros con la quincena en el bolsillo; todos con la intención de dinamizar la economía local.panoramica

La salida de la misa de 6:00 p.m. también era rentable, pero no tanto para la parroquia como para las heladerías, pues era la preferida de los adolescentes, de los enamorados, de los estudiantes del bachillerato que ya empezaban a cortejar, y nada mejor para rematar el fin de semana que ir chuparse un helado o tomarse un fresquito con la muchacha que a uno le gustaba, obviamente después de haber asistido a misa, la más celestina de las tres. Los lugares favoritos eran el Kiosco central o las heladerías “El Encuentro”, “La Ventana”, “La Clarita” y “El Bodegón”.

La salida de misa era el mejor momento para atisbar a las muchachas que siempre iban con su mejor vestimenta y su buena actitud coquetona, pero la coquetería no se aguantaba hasta la salida a la plaza, muchas veces antes de llegar al atrio ya se habían flechado con las miradas y gestos sutiles dentro de la iglesia.

Por todo eso lo mejor de los domingos era la salida de misa.

Los apodos de pueblo

La práctica de llamar a las personas por sobrenombres me ha parecido bastante generalizada en nuestro pueblo y, aunque no creo que se hayan realizado estudios serios sobre el tema, supongo que igual sucede en la región como en el país.

Por eso es que al caminar por la plaza uno se puedo encontrar con Gurres, Lobos, Arañas, Conejos, Garzas, Caimanes o un Buey o un Perrofino; ya sabrán que no me refiero precisamente a especies de nuestra rica fauna, sino a esos paisanos o familias a los que poco se les conoce el nombre real.  Si preguntamos por Jorge Iván, seguramente no nos sabrán dar mucha información, pero si preguntamos por “Carrimple” ya no hay duda de quién se trata y como éste son muchos los casos.

Foto: Alfonso Arango Velásquez - Década de 1950

Foto: Alfonso Arango Velásquez – Década de 1950

Hace algún tiempo hice una lista de los sobrenombres que recuerdo, pero en alguna parte se perdió.  La intención inicial era lograr descifrar el origen del apodo, que en la mayoría de los casos puede ser más interesante que los cuentos de Cortázar, sin embargo, la tarea investigativa sería bastante dispendiosa, considerando además que muchos de sus portadores desconocen u olvidaron el origen y a otros les causa algo de molestia.   Hoy estoy reconstruyendo la lista que les dejaré por aquí, aunque lo más seguro es que esté incompleta porque no los recuerdo ni los conozco todos, al mismo tiempo que van naciendo otros tantos.

Lo que sí sabemos a ciencia cierta es que cada apodo ha nacido de una anécdota o situación específica en que estuvo involucrado el portador, o para reconocerlo dentro de un grupo o familia, para que el nombre refleje mejor la personalidad, por una característica física que lo caracteriza, para distinguirlo por su oficio, para molestar o para halagar, también los hay heredados de familia, por referencia a su lugar de origen o simplemente por capricho.  El hecho es que ya están ahí y más fácil sería quitarse el nombre real que uno de estos remoquetes.

Se da el caso que algunos apodos están en femenino y no son llevados por ellas sino por ellos, como es el caso de “Mirella” o “La Mocha”, pues en materia de apodos se viola tanto la ortografía y la gramática como, en algunos casos, el respeto por el portador, pero aquí trataremos de ser lo más neutral posible.  En otros casos, cuando el mote ha sido extensivo al grupo familiar también pueden surgir curiosas variaciones que seguro ya estás recordando. ¡Y qué tal cuando se emparentan dos de estos apodos!

En lo personal preferiría que a todos se nos llamara por el nombre y los invito a que hagamos el ejercicio durante una semana en la que reemplacemos todos los apodos que usamos y llamemos a las personas por su nombre, seguro les haremos sentir bien, especialmente a aquellos que llevan tiempo sin escucharlo porque el apodo se ha apoderado de su personalidad.  Llamar a las personas por su nombre les hará sentir que son importantes para uno, que merecen tu respeto y así mismo te darán el suyo.  Tampoco dudo que la relación pueda llegar a ser más cercana y sincera. Hagamos el ejercicio, vale la pena.

Aquí va la clasificación de los que recuerdo:

Relativos a la fauna: Arañas, Afrechero, Barbaindio, Buey, Caimán (Caimana), Chivo, Conejo (Coneja-Conejos), Cuco, Culebro (Culebra-Culebros), Gallo (Galla), Gallina, Garza, Golondrinas, Gurre (Gurra-Gurres), Lechuza, Lobo (Loba), Lora, Macaco, Mica, Perrofino, Tábana, Tigre, Torcasa.

Relativos a la flora: Chócolo, Chocho, Coco, Guineo, Limas, Matojo, Papayo, Repollo.

Relativos a características físicas: Aficiao, Barriguetula (Tula), Divino, Gago, Manicambia’o, Mocha, Ñato, Pasofino, Pecas, Peloespuma, Pelotigre, Pestañas, Popocho, Roña, Sordo.

Relativos a los oficios: Cabrilla, Panaderos, Peluco, Tamborero.

Otros: Animas, Bogaleche, Bola, Bombillo, Bugui, Cacerolo, Cachibajo, Cachipay, Cacho, Cacorro, Cafirolos, Cagao, Callano, Callana, Caliman, Cambimbo, Candilejo, Carequeso, Carrielón, Carrimple, Chacho, Chamuco, Chicho, Chicle, Chiqui, Chocolatino, Chola, Cholo, Chora, Chorrillo, Churi, Cienpesitos, Colimocho, Coliso, Comearroz, Cosiaca, Cuca, Cucharada, Culey, Cura, Cusco, Diablo, Foco, Frescolo, Garra, Gatillo, Gerardina, Guapío, Güelelo, Huezogallina, Jice, Kiko, Kingkong (que también es un Conejo), Magolo, Majuicia, Maleta, Mazamorro, Mecato, Mel, Minitas, Miquima, Mirella, Mirello, Morato, Mote, Pachureca, Palizada, Papeleto, Patas, Pecao, Pechugo, Peluca, Peluza, Piquiña, Pirulo, Pocho, Popeye, Potacio, Público, Pucho, Puenterroto, Punta, Purgao, Purina (Purino), Quintalla, Reblujo, Tabrete, Taconazo, Tarrito, Tarzán, Tatío, Tisnado (Tisnadas), Tista, Tornillo, Trampa, Treinta, Yeayea, Yeyo.

Mi reto personal es olvidar todos estos apodos de la lista y empezar a buscar el nombre de pila de cada uno de ellos, porque a muchos no se los conozco, lo que hará aún más interesante la tarea. Y si algún día me jubilo, a lo mejor buscaré el origen de cada apodo para completar este texto.

Pestañas

Si Tomás Carrasquilla hubiera conocido a Pestañas seguramente habría escrito muchas páginas sobre sus pícaras historias. Si Pestañas supiera escribir tendríamos un gran novelista.  Y no es por exagerar, basta unos minutos escuchando las  historias de Pestañas para compenetrarse con sus anécdotas seguramente algo exageradas, pero con mucho de cierto.

Así como Cachibajo, Pestañas también ha ejercido innumerables oficios, un poco más especializados eso sí. Vagabundo, fogonero, alistador de carros, tornero, mecánico, embaucador, estafador, policía, cerrajero, reducidor, mensajero, escolta, ayudante de construcción, sólo por mencionar algunos de los qué en algún momento me ha contado entre sus historias.  Ahora sólo ejerce una o dos que con dignidad y honestidad le dan el sustento diario.

A pesar de los años aún sus gusticos hedonistas se da, de esos que ahora están legalizados. También la dosis diaria de etílico es casi un ritual, un medicamento que le11157258_795660310502758_272411300_o sostiene en pie y según dice en medio de su euforia etílica, sólo bebe por venganza: “Bebo porque voy a acabar con el que mató a mi papá.” Pero en realidad mas que venganza, lo que siente por el licor es un fiel y profundo amor, similar al que sintió durante tanto tiempo por “Muñeca”, su perrita criolla que tanto quiso y la que un desadaptado envenenó junto con otras mascotas famosas y queridas como “Canela”, la amada perra de Roke. El amor de Pestañas por su mascota aún hoy, varios años después, hace que la siga extrañando tanto como el primer día. Su fiel amiga no sólo sería cómplice de sus vicisitudes diarias; por ella trabajó, se esmeró y batalló algunas riñas en su defensa; porque ha sido un hombre afectuoso y su mascota fue su gran motivo.  Primero le faltaría alimento a él mismo que a Muñeca.

Famosas anécdotas como la desvalijada del Volkswagen del cantante Rodolfo Aicardi, en la que por su habilidad con la palabra fue capaz de de dejar a un policía custodiando el fruto de su hurto, son graciosamente contadas por él mismo. Seguro estoy que si hubiera coincidido en tiempo y espacio con su paisano el poeta Tartarín, también le hubiera sido achacado el robo de la famosa maleta que inspiró el grosero poema hemano del “Rosario de Besos”.

Pestañas ahora es el toque autóctono de la plaza que, junto con otros personajes como Quintalla, Matojo, Colimocho, Cachibajo, Guerra, Yeayea, son quienes le han dado vida a la plaza, cada uno con sus particularidades especiales.

En su corazón también hubo espacio para el cortejo y el romance y aunque ya no comparten el hogar, ella aún con abnegación, le lleva sus buenas viandas para que no pase demasiados trabajos.

Pestañas ya no ejerce ninguno de esos oficios de los que alardea a veces, porque ya no le queda tiempo, ahora se dedica a pasar los días ganándose el diario, pero sobre todo con mucha simpatía se dedica a brindar alegría y alabar a los queridos, usando siempre un particular y estilizado léxico que a veces sólo él comprende y con el que a lo mejor quiere demostrar en que el fondo tiene un bagaje cultural o algo de su abolengo, pero sin lugar a dudas, su intención primordial es la de hacer sentir bien a los demás, con lo que se ha ganado el aprecio de muchos de nosotros.