La Plazuela

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Desde el cruce con la variante

Este pequeño tramo de pueblo sí que es una verdadera réplica de la sociedad en chiquito, con clases sociales y todo: en la parte baja, la primer cuadra, la más pequeña, viven los más rebuscadores; en la segunda, la del medio, hay dueños de pequeños negocios y trabajadores con empleos fijos; en la tercera, la más alta, ya subiendo, están los dueños de las fincas productoras y dueños de negocios más especializados, que en algunos casos contratan a los habitantes de las otras dos cuadras.

La Plazuela es una calle que, aunque residencial, tuvo su época de oro con el comercio, las cantinas, las tiendas, una prendería y hasta prostíbulo.

Éste sector, que no tiene más de dos cuadras y cuarto, empieza justamente en ese cuarto de cuadra, frente a la casa de Don Horacio, más conocido como “Chora”.  Esa casa era muy fácil de identificar, pues en su curvo andén siempre estaban apilados numerosos bultos de frutas, pequeños guacales de madera con mangos e incontables racimos de plátanos verdes listos para ser empacados en la escalera o el camión que iniciaba su viaje en la noche para estar a la madrugada a la Plaza Mayorista de Medellín.  En ese cuarto de calle también vivían los Flórez, los Paniagua que alquilaban bicicletas por quince, treinta o sesenta minutos por tarifas que iban desde los veinte pesos en adelante; igualmente estabana los Castro, quienes vendían gaucho y colaciones; al lado cohabitaban un motón de mulas en una manguita donde ahora hay una cantina y una carnicería.  Todas éstas familias siguen allí, en las mismas casas que los conocí.  Tradicionalmente la cuadra la ocuparon unas familias sencillas, con casas sencillas y costumbres sencillas, casas intercaladas entre cantinas.

Antigua tienda de Jesús Ley

En la primer esquina estaba la tienda de Juan Garzón, atendida casi siempre por su esposa, enfrente estaba la tiende de Doña Benigna, un largo local con varias puertas de madera en el que siempre daba dificultad caminar por la cantidad de racimos regados por el piso de bananos verdes, pintones y maduros que vendía por unidades, el cielorraso no se supo de que color era, puesto que todo el tiempo permanecía con gran variedad de artículos colgados de cabullas, cadenas o alambritos que descolgaba con un palito que tenía un clavo en el extremo. En su estantería de madera siempre había muchas cajas de “Maizena” y muchos frascos de aceite, de esos de vidrio redonditos que ya no se ven, así como el arroz “Marfil” en cajita con las que hacíamos las casitas para el pesebre en navidad o carritos para el resto del año y mucho, mucho papel higiénico.  En esa primera esquina no podría faltar la amabilidad Jesús Ley, quien con su gran carisma compensaba la baja estatura. De esa bella tienda hoy sólo está el color verde en las puertas de madera y la descascarada cal que cada día deteriora la madera de la carpintería de “Tatareto”.  Mas arribita, hacia el hospital sigue estando desde aquella época, la tiende El Centavo Menos, administrada aún por don Aicardo Noreña.

En la segunda cuadra hubo muchas cantinas, pero el negocio más reconocido fue la prendería de Luis Ramírez, un señor alto, delgado y amable que recibía en empeño cualquier cosa que le llevaran.  Allí llegué a ver desde encendedores a gasolina, escopetas de fístol, azadones, planchas eléctricas y hasta una raíz de guadua convertida en caimán, ¡con colmillos y todo!.  Al llegar a la esquina estaban la cantina de Lipe Obando, la de José Luis y la legendaria Rioja.  Justo después empezaba la zona residencial mas distinguida de La Plazuela.

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La Rioja

Los lunes en la mañana, al pasar por allí rumbo a la escuela, era casi un juego esquivar el cagajón, los vidrios y la sangre aún fresca de quién sabe que herido. Y es que en aquél fogoso bacanal que se armaba todos los fines de semana en ésta calle, la hombría se medía bebiendo cerveza y aguardiente, siendo constantes las riñas con picos de botella, a cuchillo limpio o a machete, armas que todo paisa verraco llevaba camuflado al cinto o entre los aperos de su caballo.  Uno de los que más sangre borracha dejó por allí debió ser “Piquiña”, pues era eterno tropelero en casi toda las riñas, hasta el día en que su bravura fue apagada por un afilado machete frente a La Punta, al lado del cementerio.

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La Plazuela, parte alta

La siguiente y última cuadra tiene una pequeña inclinación que va hacia la plaza, ésta podría considerarse la cuadra aristócrata de La Plazuela.  Allí han vivido algunos dueños de fincas que empleaban a obreros de la cuadra anterior y obviamente sus hijos son más estudiados y empezaban a hacer notorias carreras en la vida política, social o empresarial de Medellín. En este último tramo han estado, entre otros, los Naranjo, los Cruz, los Garzón, los Saldarriaga. Coronando la calle sigue la abandonada casa de los Correa, propietarios también de la trilladora en la misma esquina, aunque parece que a la casa volvió uno de los suyos, porque ahora se ven algunas toallas asoleándose.

La Plazuela fue un pueblo chiquito, un reflejo de nuestra sociedad en 180 metros lineales, con clases sociales y todo, pero plazuela no es, ni ha sido. Es una calle.

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