Con cachos y con cola

Esto sucedió en nuestro pueblo, por aquellos días en los que teníamos muchas moliendas, o mejor dicho, cuando iniciaba la época dorada de las moliendas, y se les llamaba así, moliendas, para definir tanto el proceso como el lugar donde se procesaba la panela, aunque hoy se les conoce como trapiches.

Con cachos y con colaCon cachos y con cola.

Desde las tierras de arriba, de donde viene el río Cauca, había llegado una numerosa familia, los Castañeda, a tomar posesión de las propiedades que el patriarca, a puerta cerrada y sin conocerlas previamente, había cambiado desde allá, desde su pueblo, por un almacén y una finca cafetera.  El negocio fue de palabra, porque en aquellos tiempos el honor de un hombre estaba en su palabra, a diferencia de hoy. La palabra tenía más valor que el mismo oro y si se empeñaba, hasta la vida había que dar para pagar lo prometido. La motivación que don Ernesto tuvo para realizar semejante negocio, casi a ciegas y confiando únicamente en la palabra del otro, solo la mencionó una vez en su vida. Ese secreto se lo llevaría guardado a la tumba. Si aquel motivo hubiese sido conocido, ninguno de sus amigos se hubiera atrevido a cuestionarle, como lo hicieron algunos, sin embargo, trasladarse a un territorio de arraigados principios conservadores, dejando todo y considerando su personalidad librepensadora no fue motivo suficiente para repensar el negocio. El motivo ni siquiera su esposa lo llegó a conocer, ya que la confianza que en él tenía era suficiente para que no dudara del buen criterio de don Ernesto. Esa confianza era de las cosas que él más valoraba de su esposa, porque también ella supo cuestionarle, y hasta contradecirle cuando lo creía necesario, sin embargo, en esta ocasión no lo hizo.

Las mulas llegaron con sus enjalmas cargadas de las pocas pertenencias hasta los corredores de chambranas y pisos en piedra de la finca El Jardín. A pesar de lo agreste de los caminos, sus corotos llegaron intactos, pero sobre todo, llegó intacto su mayor tesoro: los niños.

De paso por el pueblo, el padre alcanzó a observar que existían allí, y al parecer desde hacía un buen tiempo, unos almacenes y tiendas atendidos por unas distinguidas damas, al parecer pertenecientes a una de las más prestantes familias de la localidad, después las reconocería como las Tovares chiquitas. Este motivo tal vez lo desmotivó para abrir un nuevo almacén en el que podría trabajar con su familia, aunque también supo que necesitaría mucha dedicación y tiempo para desmontar y cultivar las fincas que ahora poseía y esa sería ahora su prioridad. La primer tarea en la que se empeñó fue en organizar los viejos caminos de herradura por donde podría sacar con mayor facilidad los productos de las fincas. Organizó a sus vecinos y junto con ellos planificó los convites, aunque en algunos casos les pagó los jornales, ya que dependían de su trabajo para el sustento de las familias.  Para el camino de la finca que había nombrado “San José”, en honor a su santo de devoción, la tarea no fue nada fácil; allí los vecinos dispuestos fueron menos, sumado a la adversidad del camino que cruzaba unas inestables peñas e inmensos desbarrancaderos. Para ésta obra hubo necesidad de contratar una cuadrilla de jornaleros que terminaron de adecuar el sendero.

La familia se adaptó pronto a las nuevas condiciones y a un clima mucho más fresco que el de su anterior hogar. Casi tan agreste como la organización de los caminos fue su relación inicial con los propietarios de enormes extensiones de tierras, los Tovar, adquiridas con algunas presiones sobre anteriores propietarios. Por sus ideologías liberales fue víctima de algunas situaciones que nunca quiso contar a su familia, para no trascenderlas más de lo necesario; al contrario, supo ganarse el respeto de la mayoría de los locales por su respetuoso trato, especialmente con las gentes más humildes. Una de sus grandes lecciones sucedió sin cumplir el primer mes en el pueblo, cuando la escuchar una acalorada discusión entre dos de sus vecinos, quienes con machete en mano, estaban a punto de machetiarse en duelo por una franja de terreno junto a la quebrada La Zarzala, que ambos reclamaban como propia. Después de escuchar los acalorados argumentos no tardó en plantear una sensata solución, mientras sentó a los rivales en un actitud de negociación, pues más importante que la propiedad son las buenas relaciones con los semejantes y dadas las circunstancias de vecindad él mismo se sentía parte del problema, tanto como los vecinos en disputa y así propuso una solución definitiva: su finca limitaba con las propiedades de los dos campesinos que reclamaban una franja de lote que igualmente limitaba con su finca, así que hizo medir el lote en disputa y separó luego una franja igual en sus tierras para cederla y de esa manera ambos tendrían la cantidad de tierra por la que reñían hacía ya varios años. De esa manera, sin acabar con la amistad y sin una gota de sangre se evitó una tragedia que seguramente perpetuarían los herederos. Por ese gesto empezó a ser reconocido don Ernesto como un hombre justo y racional, pero sobre todo, generoso.

Durante semanas reflexionó sobre la destinación que daría a sus nuevas tierras, analizó el clima, la topografía, la mano de obra disponible y su capital de trabajo, hasta cuando al final, y haciendo caso a los consejos que su compadre le diera allá en el Valle, decidió materializar la idea que ya había evaluado suficientemente en su anterior finca. El siguiente domingo, después de haber asistido a misa con la familia y reunidos en la mesa para la cena les comunicó la decisión: “a partir de mañana, en el Jardín y San José, tendremos las mejores plantaciones de caña de toda la región”. Un año más tarde, el primer trapiche ya estaba a punto de ser terminado, el mismo del que saldría la mejor panela que le daría reconocimiento y prosperidad económica, gracias al empeño que en ello había dedicado.

Pero llegar a este punto no fue fácil, mucho más con las limitaciones de capital que traía, pero ésta situación, lejos de ser un problema, se convirtió en la mejor opción para que tanto él como algunos de los lugareños pudieran sacar mejor provecho de las fértiles tierras. La aparcería fue la fórmula que usó para cultivar las extensas tierras necesarias para garantizar la caña suficiente y generando utilidades para todos. Gracias a ello, campesinos sin tierra pudieron cultivar para su propio beneficio las tierras que su capacidad de trabajo les permitía labrar, teniendo además asegurada la venta de su cosecha. El beneficio para don Ernesto no pudo ser mejor, pues sus tierras estaban produciendo, dejando además utilidades suficientes tanto por la cosecha como por la molienda.

Así don Ernesto sacó adelante el trapiche, pudiéndose enfocar en la comercialización de la panela.

Aunque no patrocinaba la haraganería, era un hombre de generosidad indiscutible, cualidades que sumadas al trato respetuoso y honesto con los jornaleros y comerciantes hizo que no tuviera que irse al exilio como le sucedió a algunos de los lugareños, aunque no le fue fácil superar esa época de violencia bipartidista.

En sus trapiches, desde el inicio, fue costumbre que ningún viandante que pasara por allí se fuera sin su bola de panela caliente, costumbre que perduraría por generaciones.

trapiche017Tan exitoso fue su negocio con la panela, que el reconocimiento no tardó en darle fama al pueblo de buen panelero. Tal fue que los propietarios de la fincha La Machín, con extensas y fértiles tierras subutilizadas fueron sembradas a fuerza de la barata mano de obra que pagaban. Con prontitud fue construido el trapiche, cuya mayor ventaja era la cercanía a la vía de acceso al pueblo, lo que daba un mayor margen de utilidad. Allí también llegaron los viandantes por su bola de panela y solo eventualmente les era dada, pues la política del patrón era “gratis no come quien no trabaja” y ni los jornaleros tenían derecho a su panela, aparte de la que recibían como parte del jornal.

El cinco de noviembre del año 1952 auguraba una excelente producción de panela, ese día cumplían tres días continuos de molienda en La Machín, porque el horno no se podía apagar hasta procesar la cosecha completa, jornada que duraría dos días más, incluidas sus respectivas noches. Esa fue una fecha imborrable en la memoria de los peones que entre pailas, sereno y bagazo llevaban al límite sus condiciones físicas. A las 7:30 de la noche, después de que Sofía López, esposa del mayordomo, terminara de rezar el rosario, les llevó café arropado a los peones. La tenue luz de la caperuza con que Sofía iluminaba el camino de regreso a la cocina dejó ver la sombra de un amable forastero que llegaba hasta donde Santiago Arias, su esposo, el mayordomo. Santiago enseñaba a su hijo mayor como el “pailero” daba punto a la miel, después de haber separado la cachaza y evaporar el agua. Ya en la última paila, junto a la chimenea, y antes de pasar al “templador”, se estaba dando el punto cuando llegó hasta ellos el forastero con la intención de pedir la bola de panela que ya era tradición en otras moliendas, pero la respuesta de Santiago fueron las mismas palabras que tantas veces había escuchado de su patrón: “aquí no se regala la ganancia”. No valió la insistencia del forastero y tras su último intento infructuoso, frente a la mirada de los veintisiete peones, agarró el remellón, lo sacó lleno de la paila y bebió de un solo sorbo la hirviente miel como el sediento bebe de la totuma. En el mismo instante los veintisiete peones, el mayordomo y su hijo corrieron despavoridos por entre los cañauzales, aferrados a sus escapularios y sin mirar atrás. Después de un largo rato de zozobra, los peones empiezan a aparecer detrás de la hacienda al escuchar el murmullo de las letanías y jaculatorias que Sofía no paraba de entonar. Con dos velas de cebo alumbrando el cuadro del Corazón de Jesús y en coro acompañando a Sofía los cogió la aurora.

Al amanecer la noticia ya había llegado a oídos del padre Bedoya en la casa cural. Después de la misa matutina, apresurado fue hasta la casa de Nel Tovar, el propietario de La Machín y su trapiche, quien ya le tenía ensillada a La Colcana, una yegua colorada, que por mansa era la preferida del padre Bedoya. En las alforjas iba suficiente agua bendita como para apagar los fuegos del mismo infierno, así también llevaba la biblia y había empacado un viejo cuadro del Arcangel Miguel. El invierno aún no había menguado y el camino de La Sardina, el más corto, estaba bastante deteriorado ya que los tragadales impedían el paso, por lo que fue necesario salir por la carretera, aunque el trayecto era más largo y debía cruzar la quebrada Sabaletas, cuyo caudal la hacía algo peligrosa, pero la imagen de la virgen de Lourdes protegía a quienes por allí cruzaban, además la protección del Señor y por la generosa ofrenda que la familia Tovar daba al padre valía la pena correr el riesgo.

De rodillas Santiago, su familia y los veintisiete peones recibieron el riego de agua bendita, no sin antes dar gracias a Dios por enviar al ministro de la Santa Madre Iglesia Católica, Apostólica y Romana. Ya en su compañía, los varones se atrevieron a seguir los pasos de sacerdote hasta el trapiche y con solemnidad entronizaron el cuadro del Arcangel, colgándolo en el primer estantillo, donde quedó hasta nuestros días, luego se dirigieron rociando el lugar con agua bendita hasta llegar al sitio donde el forastero bebió la miel hirviente. Allí encontraron el remellón en el piso, un fuerte olor a azufre y unas huellas de pezuñas que se dirigían hasta la boca del horno, donde el atizador había dejado tiradas sus cotizas y la camisa junto al bagazo seco. Las huellas de las pezuñas seguían hasta el interior, hasta las ardientes llamas y más allá, según la versión de los peones.

Tras los rituales de aquél día, tras las indulgencias pagadas por la familia Tovar y tras las posteriores rogativas orientadas por el obispo desde la diócesis de Jericó, todo empezó a volver a la calma.  Al mes siguiente estaba todo listo para la nueva molienda, solo que hasta ese momento ningún peón se atrevió a desempeñar el oficio del atizador por temor a que apareciera de nuevo el forastero, por esto fue necesario traer al negro Elías desde Supía, quien por ser ateo no temía a las supersticiones de los blancos camanduleros. Ese primer día de molienda decía el negro a los otros peones: “Si no creo en el bueno, menos voy a creer en el malo. Aquí no hay más dios ni más diablo que el que cada uno de ustedes lleva por dentro, por eso no cargo ni crucifijo, ni amuleto, ni contra; mi protección es ésta peinilla que llevo colgada del cinturón y con la que ya he mandado a más de uno a encontrarse con su dios y su diablo.”

Anuncios

Un comentario en “Con cachos y con cola

  1. Pingback: Los espantos del pueblo | Los Recortes

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s