El sancochito

MORGANSEsa fiesta municipal que todos conocemos como “el sancochito” o “el día del sancochito” no siempre fue así como la disfrutamos hoy. Mis primeros recuerdos se remontan a la década de los años 80`s, en aquellos años cursaba mi primaria. Recuerdo claramente que teníamos un día sin clases, durante el cual organizábamos pequeños grupos entre los compañeros más cercanos; éstos grupos eran de tres, cuatro, cinco, o los que bien quisiéramos. Ese día cada uno llevaba su fiambre y emprendíamos camino rumbo a una de las veredas que previamente habíamos elegido. Fue así como conocí gran parte de nuestra zona rural: Potrerillo, El Bosque, La Miel, EL Líbano, La Cruz Roja y demás sectores. Después de la caminada llegábamos a la vereda y allí pasábamos de finca en finca. Los campesinos ya sabían a qué íbamos. Nuestra misión era pedir el revuelto para echarle al sancochito. En algunos casos solo era cuestión de recoger del patio lo que deseáramos o pudiéramos cargar lo que allí habían dejado dispuesto para nosotros; en otros casos nos daban instrucciones para que fuéramos nosotros mismos hasta la sementera a recoger lo necesario, aunque no faltaba uno que otro que hiciera daños abusando de la generosidad de los campesinos.

Lo que llamábamos “revuelto”, en términos prácticos, no es más que plátanos y yuca, que eran los productos más cultivados en las veredas de nuestro pueblo. Los demás ingredientes del sancochito, es decir, el resto del revuelto y los aliños los llevaba cada uno desde su casa. Al día siguiente era típico contar las peripecias que cada grupo había sorteado en aquella aventura.

Por fin el día para el que tanto habíamos caminado se había llegado. Esa mañana salíamos de las casas con olla y cuchara en mano, en vez de los cuadernos y demás útiles escolares. El destino tampoco era la escuela. Nos encontrábamos en la plaza en algún lugar indeterminado, el cual ubicábamos porque allí estaba la profesora en compañía de dos o tres mamás voluntariosas. El fogón no era mas que dos adobes recogidos en cualquier lugar, hoy sigue siendo igual. Mientras se prendía la leña y se sancocho2pelaba el revuelto, la profesora se iba para el frente de la alcaldía, donde estaban degollando una res. Ese era otro espectáculo macabro que nosotros disfrutábamos: ver lidiar, degollar y descuartizar una res que había sido donada por una de las familias más pudientes del pueblo. Sobre la misma piel del animal era porcionada la carne que luego los profesores llevaban hasta la olla del grupo.

Otra de las particularidades de aquél día era que todos terminábamos embadurnados de “maizena” o harina de la más barata. Al final del día estábamos agotados de tanto jugar. Más grandecitos ya no jugábamos tanto por estar mirando las muchachas de los otros grupos, porque sin el uniforme se hacían mucho  más atractivas, y ellas lo sabían.

sancocho1Al mediodía estaban listos los sancochos. Cenizas y humo era lo único que quedaba, porque después de comer nos volvían a llenar la olla para llevar a la casa y como las mamás lo sabían, ese día no cocinaban.

Años después supe que esa francachela era nuestra celebración del día del niño.

Ahora que regreso, encuentro una cosa maravillosa: los que celebran no son solo los estudiantes, también se unen a la fiesta con sus respectivos fogones los compañeros de trabajo, egresados del colegio, grupos de amigos, vecinos, espontáneos animados, o patos en combo. El viernes previo a las fiestas del buey es ahora el día de la gran integración, es de las cosas buenas, porque el sancochito se institucionalizó y realmente es comunitario. La ida hasta las veredas por el revuelto ya no se hace, pero a cambio, toda la comunidad se integra entre ese laberinto de humeantes fogones.

Una res ya no es suficiente y la familia que la donaba ya no lo hace, pero en esta tarea se pone casi siempre la administración municipal o el comité organizador de las fiestas. Unas veces compradas, otras donadas, las reses son siempre faenadas en el frigorífico y la carne pasa por la estricta cadena de frío antes de llegar a la plaza.

¿Cuánto faltará para el próximo sancochito? ¡Que ardan los fogones y que viva el sancochito!

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