Humbertico, el zapatero.

Copy of MORGANS (1)Nunca supe si era por su menuda contextura física, por su amable personalidad, o por la nobleza con que ejercía su oficio, el motivo por el cual siempre se le llamó por el diminutivo de su nombre. En todo caso, ese hipocorístico fue de cariño. Contrario a lo que algunos piensan, estoy convencido que esa forma de llamar a las personas es más un gesto de afecto que de minimizarlas y aunque Humbertico era un hombre de pocas palabras, se hizo querer por su nobleza, o al menos así lo percibía yo.

Ahora, tantos años después, es inevitable que al pasar por la esquina de su casa regrese a mi memoria la imagen de Humbertico, el zapatero. Su taller de puertas verdes, piso en tablas y paredes de bahareque blanqueadas con cal, quedaba en la calle que lleva al barrio Santa Cruz, era la segunda casa después de la esquina. Hoy esa misma calle (Villanueva) también lleva hasta la urbanización “La Carolina”. En esa segunda casa de la calle que en aquellos días más bien era un camino en tierra, el taller ocupaba toda la sala y en medio había un pequeño cajón de madera lleno de puntillas de varios tamaños, pero para clavar las suelas o tapas de los zapatos Humbertico no sacaba las puntillas de allí, las sacaba de su boca, costumbre algo extraña, pero supongo que algún motivo práctico debía haber en ello, porque he visto una costumbre similar en oficios como la carpintería al mojar los clavos con saliva antes de clavarlos en la madera. Aunque en algunas ocasiones he pensado en ello, nunca he preguntado el motivo o la razón práctica, pero se me han ocurrido dos posibles respuestas: la primera es que la saliva puede funcionar como lubricante; la segunda es que la humedad acelera la oxidación y de esa manera el clavo, o la puntilla se “aferra” más al material. Ambos razonamientos seguramente flojos, pero con algo de lógica y mientras alguien me saque de la ignorancia al respecto seguiré pensando en ello.

"Zapatero Remendón" Anton la Rotta

“Zapatero Remendón” Antón la Rotta

En la mitad de la sala, además del cajón, también estaba Humbertico sentado en un taburete pequeño de cuero y madera, -como en una escena de acuarela costumbrista- y entre sus piernas apretaba un pedazo de madera con una pieza metálica en forma de suela en la parte superior del madero. Allí apoyaba los zapatos para poderles clavar las puntillas con un martillo pequeño de cabeza ancha. También tenía un cuchillo muy filoso con el que recortaba las tapas antideslizantes que le ponía a los tacones de mi mamá. Para mí era un deleite quedarme viéndolo como cortaba esos cauchos con los que tapaba los huecos o remontaba mis zapatillas, dándoles una segunda, tercera o hasta cuarta vida. El particular olor de la zapatería también ha sido algo que no olvido, una mezcla entre cuero, caucho y pegamentos.

La modernidad, la moda y hasta la tecnología han hecho inviable que un oficio como ese pueda seguir vigente. Ahora los zapatos son desechables, se usan y se botan. Impensable repararlos. Prendas remendadas como los zapatos, ahora no son otra cosa que señal de “pobreza” gracias al consumismo en que andamos metidos, porque además se ha perdido el sentido principal del calzado: la protección. El deterioro que sufre generalmente es irreparable, pero además después de unos meses también están pasados de moda, o el color no se usa, o la vanidad hace que nos de pena usar continuamente el mismo par de zapatos.zapatero

No me tocó la época en que los zapateros eran fabricantes, pero he escuchado con fascinación las historias de quienes debían ahorrar durante meses para mandarse a fabricar un buen par de zapatos de material (cuero) que debían durar muchos años y hasta en ocasiones eran heredados por otros miembros de la familia, porque eran inacabables. Mi época fue la de los zapateros remendones, pero aun así me parecía un oficio bastante importante en el pueblo, porque todo Valparaíso conocía al zapatero y en algún momento teníamos que pasar por su taller, sin importar la clase social.

Como era de esperarse, los zapatos de nuestro zapatero eran fabricados por él mismo –por lo menos es lo que yo he creído siempre– y hasta me atrevería a decir que en su vida solo tuvo ese par de zapatos que además eran especiales: ambos zapatos eran diferentes. Era un par muy impar de zapatos, porque Humbertico tenía pies asimétricos, siendo uno más grande que el otro, e igualmente, una de sus piernas era más corta que la otra, por lo que uno de los zapatos, además de ser más pequeño, tenía una gran plataforma fabricada con cuchos de llanta que le ayudaba a mejorar la movilidad nivelando la altura de sus piernas.

En casa de Humbertico también habitaba otro señor más joven a quien nunca vi trabajar en otra cosa que no fuera mantener en orden la casa y que por el parecido físico supuse que era el hermano menor. Ocasionalmente habitaba con ellos una muchacha más joven e intuyo que Humbertico tenía con ella una relación afectiva familiar o pasional, aunque lo más posible es que fuera pasional y no familiar. La querida.

Los zapateros, los sastres, los arrieros, los carteros, los fabricantes de velas, los afiladores de cuchillos, entre otros, ya son oficios casi imposibles de ver en nuestros pueblos, sin embargo, Humbertico, el zapatero, sigue ocupando un lugar en mi memoria.

Anuncios

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s