Don Pacho, el boticario.

Copy of MORGANSSeguramente ninguno de nosotros reconoce el nombre de Francisco Escobar, pero sí el de “Pacho” Escobar, a quien todos referenciamos en su botica, y de él, de Pacho, no de Francisco, se trata ésta historia.

De pequeño todos mis males los curaba don Pacho y por eso fue que siempre lo consideré un sabio que se sabía la fórmula exacta para preparar unos jarabes que sacaba de unos frascos grandes de vidrio y con los que uno siempre se aliviaba, eso sí, antes del jarabe uno debía tomarse un amargo purgante y era preciso que toda visita a su botica implicaba un berraco chuzón de aguja con esas jeringas de vidrio que se usaban hace muchos años. Todavía siento esos chuzones, ¡todavía me duelen!

Su botica, ubicada en el marco de la plaza, tenía unas enormes estanterías de madera que llegaban hasta el cielorraso, todas llenas de frascos y frasquitos. En su mostrador estaba la antigua máquina de escribir con la que pulcramente tecleaba las fórmulas y recomendaciones para manejar la enfermedad: “…al niño tres cucharadas diarias del jarabe por ocho días…”.

En la puerta de entrada siempre hubo dos objetos colgados que llamaron mi atención: un esqueleto de plástico, pequeño y blanco que se balanceaba graciosamente con el viento y una macabra cabeza reducida (espero que fuera una réplica) colgada del pelo, con los ojos y la boca cosidos. Asquerosa.

El olor a botica no se me olvida, ahora sé que ese olor era el mismo “complejo B”, la panacea en curó todos los males de mi infancia y de varias generaciones de paisanos.

La sabiduría de nuestro boticario no fue de academia, aunque siempre pensé que era médico, pero parece que no, según he sabido recientemente. Pacho fue aprendiz del doctor Escobar, un tío suyo, quien sí fue médico titulado y de quien aprendió el oficio de recetar.

Nunca vi a don Pacho hacer vida social fuera de su botica, tampoco lo vi desviarse del camino a su casa que quedaba en la misma plaza, diagonal al local, pero sé que fue un hombre de placeres carnales y de alguna manera socializaba con las féminas locales, de cuyas aventuras ha habido varios reclamando paternidad.

Los últimos días de don Pacho fueron silenciosos en una cama del hospital local, donde muchos valparaiseños pasaron a verle, tal vez como gesto de agradecimiento. Allí, lentamente se fue desvaneciendo su vitalidad, hasta convertirse en el respetado recuerdo que es hoy, el recuerdo de un hombre que trabajó con convicción por una comunidad de la que nunca se alejó.

Esa extraña figura entre médico, jaibaná y farmaceuta era don Pacho. Después vinieron a desempeñar una labor similar el doctor Jorge Iván en su consultorio del edificio del café, donde nos atendió por varios años y la doctora Gloria Mery, quien ahora lleva con altura el legado de don Pacho.

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