Las papas de Pichón

Copy of MORGANSNuestra variada y sabrosa gastronomía popular no siempre ha sido bien valorada, aunque haya casos en los que excepcionalmente algunos de estos manjares han llegado a    las más exclusivas mesas deleitando los más refinados paladares. También existen sitios que se popularizan por su especialidad en esos banquetes populares, a los que despectivamente muchos se refieren, pero que en algún momento sucumben a sus tentadores olores y sabores; como la chunchurria de Buenos Aires (el barrio de Medellín) o la de Sabaneta, la carne asada de las calles de Lovaina, las empanadas y la morcilla de Envigado y ni que decir de los completos menús de la calle Tejelo, o los almuerzos en las plazas de mercado y los caspetes de las obras de construcción.

Muchos de esos platos o menús callejeros me los he saboreado, (menos el de la calle Tejelo, del que todavía no me atrevo) y en definitiva tienen mucho que aportar al mundo de la gastronomía, pero sin duda, hay uno de esos productos que no olvido y al que nunca le he podido encontrar rival: las papas rellenas de “Pichón” en las calles de Caramanta. La chaza, ubicada en una esquina de la plaza, era uno de los mejores lugares para mí, al que acudía junto con “Pinche” y Alex, pero además encontrábamos casi siempre allí al profesor Arnoldo, quien iba más por el ají picante que por las papas, mejor dicho, Arnoldo comía ají y le untaba las papas. Arnoldo, además, era el terror del ají en los restaurantes del pueblo, a veces hasta se lo escondían cuando llegaba a almorzar a alguno de ellos. Y es que las papas de Pichón, con ese ají picante eran irrepetibles y aunque las he buscado en cuanto lugar las veo, no hay ninguna que las iguale. La mayor expectativa la tuve con unas papas carísimas y muy famosas que vender en los alrededores de San Agustín (Huila), ¡pero que va! Nada que ver con las que conocí en la chaza de Pichón. Las papas que sí son muy sabrosas son las que hacen en casa, pero son diferentes, sabrosísimas, pero muy diferentes.

Por ahora seguiré explorando con la intención de encontrar otras papas rellenas que se parezcan a las de Pichón para calmar este antojo que llevo encima hace ya tantos años.

El raspador de arepas

Copy of MORGANS.jpgTal fue la recursividad de nuestros ancestros, que un hombre y una mujer no necesitaban más que un hacha y un caldero para domar el monte y fundar un pueblo; aunque sin el caldero también lo podían hacer. Pero más que herramientas, era el arrojo y el empeño lo que construía pueblos.

La necesidad y las limitaciones fueron el combustible necesario para el desarrollo de una gran cantidad de herramientas y utensilios que aún se siguen utilizando, seguramente con algo más de tecnología y diseño en sus formas, pero con los mismos principios. Tal es el caso de uno de esos utensilios que la abuela de mi familia (mi bisabuela Tulia) usaba a diario: el raspador. Tenía dos de esos hasta donde recuerdo, uno más grande que el otro. Todavía resuena en mis oídos el atractivo sonido que producían cuando le raspaban el quemado a las arepas asadas al carbón. De ahí su nombre. Este utensilio no podía comprarse en ninguna cacharrería, por bien surtida que estuviera, pues los raspadores simplemente no existían en el comercio. Este, como muchos otros utensilios y herramientas de casa, eran fabricados por los propios usuarios. Ahora existen los rayadores, todos fabricados en serie, de muchas formas y hasta con tecnología láser de por medio, pero ninguno iguala la eficacia de esos raspadores tradicionales, mucho menos son capaces de reproducir el mágico sonido que aún me hace revivir el sabor único de las arepas que hacía a mano la abuela Tulia.

De solo pensar en ello me transporto a ese fogón de leña con chimenea donde me calentaba durante las frías mañanas, mientras me preparaban los huevos con cebolla y tomate en una paila negra por el hollín para acompañar la arepa bien tostadita y el chocolate batido, obviamente con el molinillo artesanal que daba mejor espuma que los de plástico de ahora.

Los raspadores eran fabricados con una lata de sardinas y un clavo. En el fondo de la lata se hacían unos huecos, cuya rebaba se convertía en el elemento abrasivo que quitaba, con sorprendente eficiencia, el quemado de las arepas, dejando la deliciosa capa tostadita libre de carbón. Y es que las latas de sardinas eran tan versátiles que solo era cuestión de amarrarles una cabullita para arrastrarlo y funcionaba perfecto como carrito de carga en el que llevábamos tierrita y piedritas. ¡días aquellos!

Ahora que el raspador volvió a mi memoria, me tomé el tiempo para fabricar uno y así ilustrar mejor este relato y, si me animo, a lo mejor grabaré un manual para fabricar raspadores y lo publico en el YouTube para que los millennials sepan de qué se trata.

Mientras el raspador se gana un lugar en algún museo tradicional, el mío seguirá al lado del microondas, la licuadora y el procesador de alimentos, tratando de darle el toque que tenían las arepas de la abuela.

Semillas prometedoras

Copy of MORGANSHay rasgos de personalidad que si no son heredados, son aprendidos al pie de la letra, y ese parece ser el caso de don Edmundo con su hijo “Jimmy Castañeda”. La “chispa” de Edmundo, como la de su hijo, surgía en el momento menos esperado, como en la ocasión en que Edmundo, rumbo a su finca, se encontró con unos paisanos que se debatían entre las ganas de hacer nada y las ganas de descansar. Al ser un hombre respetado, terminó por convencer al grupo de innovar con un nuevo cultivo, desconocido en la zona hasta ese momento, pero bastante prometedor, pues requería poco control de maleza, poco abono y mínima mano de obra, perfecto para este grupo. Motivados los nuevos agricultores, al día siguiente estaban prestos a recibir las semillas que el benefactor les traería y, en efecto, cada uno recibió sendos paquetes de fideos listos para la siembra… Me pregunto si los abonarían con salsa pesto.