El raspador de arepas

Copy of MORGANS.jpgTal fue la recursividad de nuestros ancestros, que un hombre y una mujer no necesitaban más que un hacha y un caldero para domar el monte y fundar un pueblo; aunque sin el caldero también lo podían hacer. Pero más que herramientas, era el arrojo y el empeño lo que construía pueblos.

La necesidad y las limitaciones fueron el combustible necesario para el desarrollo de una gran cantidad de herramientas y utensilios que aún se siguen utilizando, seguramente con algo más de tecnología y diseño en sus formas, pero con los mismos principios. Tal es el caso de uno de esos utensilios que la abuela de mi familia (mi bisabuela Tulia) usaba a diario: el raspador. Tenía dos de esos hasta donde recuerdo, uno más grande que el otro. Todavía resuena en mis oídos el atractivo sonido que producían cuando le raspaban el quemado a las arepas asadas al carbón. De ahí su nombre. Este utensilio no podía comprarse en ninguna cacharrería, por bien surtida que estuviera, pues los raspadores simplemente no existían en el comercio. Este, como muchos otros utensilios y herramientas de casa, eran fabricados por los propios usuarios. Ahora existen los rayadores, todos fabricados en serie, de muchas formas y hasta con tecnología láser de por medio, pero ninguno iguala la eficacia de esos raspadores tradicionales, mucho menos son capaces de reproducir el mágico sonido que aún me hace revivir el sabor único de las arepas que hacía a mano la abuela Tulia.

De solo pensar en ello me transporto a ese fogón de leña con chimenea donde me calentaba durante las frías mañanas, mientras me preparaban los huevos con cebolla y tomate en una paila negra por el hollín para acompañar la arepa bien tostadita y el chocolate batido, obviamente con el molinillo artesanal que daba mejor espuma que los de plástico de ahora.

Los raspadores eran fabricados con una lata de sardinas y un clavo. En el fondo de la lata se hacían unos huecos, cuya rebaba se convertía en el elemento abrasivo que quitaba, con sorprendente eficiencia, el quemado de las arepas, dejando la deliciosa capa tostadita libre de carbón. Y es que las latas de sardinas eran tan versátiles que solo era cuestión de amarrarles una cabullita para arrastrarlo y funcionaba perfecto como carrito de carga en el que llevábamos tierrita y piedritas. ¡días aquellos!

Ahora que el raspador volvió a mi memoria, me tomé el tiempo para fabricar uno y así ilustrar mejor este relato y, si me animo, a lo mejor grabaré un manual para fabricar raspadores y lo publico en el YouTube para que los millennials sepan de qué se trata.

Mientras el raspador se gana un lugar en algún museo tradicional, el mío seguirá al lado del microondas, la licuadora y el procesador de alimentos, tratando de darle el toque que tenían las arepas de la abuela.

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