La callana de barro

3.jpgMaíz, carbón y callana es todo lo que se necesita para una buena arepa. En cualquier tienda es fácil conseguir paquetes de arepas de todas las formas, sabores, colores y marcas, pero por buenas que sean no alcanzan la calidad de una arepa de campo, y por buena que sea la arepa de campo, tampoco alcanza la calidad de las arepas que hacía la abuela y es que esas tenían más que maíz, carbón y callana, no sé qué era, pero como la abuela ya no está me resigno a vivir del recuerdo de sus manjares, especialmente al recordar sus palabras cuando me decía: “mijito, esta arepa que estoy amasando es la suya, venga le enseño cómo se arma”. Me hacía sentir el ser más importante del mundo, toda la atención de la abuela estaba centrada en llevarme a un hedonismo gastronómico irrepetible en éste mundo. Esas suaves y delicadas manos moldeando un pedazo de masa hacían que mi espíritu se elevara y aún a esa edad, sin saber lo que era el amor, pude sentirlo en su más pura intensidad. Estoy seguro que las delicias culinarias de la abuela todos las disfrutábamos, pero sin duda, las mejores eran las que ella preparaba para mí, porque las que preparaba para los demás, aunque eran deliciosas, no eran tan especiales como las mías. Afortunadamente las mamás logran heredar esas habilidades y eso hace posible que en mi casa, o mejor dicho, en la casa de mi mamá aún se sienta el aroma de la cocina de la abuela cada que se prende el fogón.

Y como siempre me voy desviando del tema, tengo que retomar y seguir hablando de la callana. Les cuento que es una especie de plato de arcilla cocida y su origen parece ser indígena, en ella se tostaba granos y se asaban alimentos. La callana se pone al fuego y sobre ella se ponen los alimentos para que el calor haga el resto del trabajo. Fue de allí de donde vi salir las mejores arepas del mundo. Creo que hasta tortillas y crepés se pueden hacer con ella.

Atacado por la curiosidad, algunas veces intento armar arepas a la manera tradicional, pero es dura tarea y no pude hacerlo de manera decente, ni siquiera bajo la tutoría de mi mamá, por eso caí en el facilismo de ir por ellas a la tienda y como ahora todo se consigue “instantáneo”, “precocido”, “práctico”. Con todas esas “comodidades”, lo que se ha perdido es el ingrediente principal de cualquier alimento saludable: el amor y la ternura que le impregnan quienes hacen la labor y eso es mucho más importante que los tiempos y cantidades precisas de los recetarios.

En otra ocasión intenté aprender a armar las arepas bajo la tutoría de una gran amiga que aún conserva la técnica tradicional, esa que era adquirida por las niñas a muy temprana edad, pero a pesar de su empeño, yo sigo yendo a la tienda y conservo la callana más como amuleto que como utensilio, pero con ella en mi cocina mantengo vivo el recuerdo de la abuela.

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El cascabel de tapitas

www.puchademaiz.mlPara los niños de nuestra época la navidad era una gran fiesta. Nada o poco sabíamos de lo que era y significaba la Natividad y tampoco había mucho interés en aprender sobre ello, ni de otros asuntos religiosos, pero era una época muy alegre y activa para todos, especialmente porque a finales del mes llegaría el niño Dios cargado de regalos, esa era la real motivación y por eso los preparativos para su llegada eran acompañados con alegría por todos los niños. Obviamente estábamos condicionados a recibir el regalo sólo si nos habíamos portado bien y si asistíamos juiciosos a rezar las novenas en cuanto pesebre nos invitaran.

Confieso que yo asistía para sumar méritos y obtener un buen aguinaldo, pero solo después de grandecito entendí que la calidad del regalo no dependía tanto de la cantidad de novenas que rezara, o de lo bien que me manejara (aunque tal sí vez un poco), más bien dependía de la situación económica de la familia, porque los papás siempre dan lo mejor que pueden a sus hijos. Como en aquella época era tan importante ir a las novenas, los preparativos iniciaban desde el primer día de diciembre y se aceleraban desde el día de las velitas.

Lo primero era conseguir muchas tapas de gaseosa o de cerveza. Acababa de empezar una gran aventura, porque también era importante tener más tapas que los demás. La machacada de las tapas era lo más doloroso, pero no menos divertido, era fabuloso conseguir el martillo y empezar a aplastar las tapas hasta conseguir unas láminas redondas y planas.

Esta tarea duraba varias horas, incluso días. Teniendo la bolsada de tapitas aplanadas había que conseguir un clavo y generalmente era uno oxidado, luego a cada tapa le hacíamos un hueco con el clavo, lo más centrado posible. Era importante quitarle el corcho de caucho que traen las tapas, porque de lo contrario ahogarían el sonido. Con las tapas perforadas las ensartábamos en un alambre no muy rígido de unos 20 o 25 centímetros, luego se unían los dos extremos entre sí. Listo el cascabel para acompañar la “La Tutaina” y es que La Tutaina original se acompañaba con esos cascabeles de tapitas, no con maracas ni con panderetas o hasta con organetas, como ahora. Si acaso alguien llevaba unas maracas es porque había un músico que también acompañaba con guitarra, pero lo popular era los cascables de tapitas.

Cuando recibíamos el regalo de navidad entendíamos que habíamos hecho bien el trabajo, y aunque las uñas se empezaban a caer por los machacones del martillo, ya no nos importaba, era el precio que había que pagar por esos días de alegría, y por el regalo.

Lo que no puedo recordar es qué pasaba con esos cascabeles, porque al año siguiente teníamos que repetir el ritual desde la consecución de las tapitas, hasta la caída de las uñas por los machacones.

Aclaro que nunca tuve ritmo para interpretar ese rústico instrumento, pero aún así el niño Dios era tan bueno conmigo que nunca me dejó sin regalo, claro que yo también era un niño bueno, especialmente durante la época navideña con tutainas y cascabel de tapitas.cascabel

Haciendo maricas

puchademaizEn una esquina de la Avenida Gardeliana, en el barrio Manrique de Medellín, estaba la peluquería D’Alex. Junto a la puerta de la peluquería, una voz chillona, aguda, gritona, se lamentaba ante su amiga por la mala vida que llevaba con el marido, por las chismosas vecinas y hasta por los malagradecidos hijos que tenía. Sus quejas retumbaban hasta las entrañas de la peluquería, mientras Alex, desconcentrado apretaba con fuerza la barbera, luego dejó de motilarme, bajó las temblorosas manos, miró al cielo y, a manera de catarsis, dijo: “¡Dios, por una hijueputa como esa fue que me volví marica!”.