Así era

Hace muchos años renunció a casi todo, y a lo primero que renunció fue a vivir.

copiaAntes de su huelga con la vida parecía que nada le faltaba, pero hubo motivos para dejarlo de todo. Vivir es trabajar por un ideal, sentirse útil, gozar, compartir, crear, bailar, cantar, besar, abrazar… dejó todo eso. Vivir es ser feliz, lo demás es sobrevivir, pero la felicidad no es un estado al que se llega, la felicidad se logra en cada acto que se realiza para alcanzar el ideal.

Renunciar a la vida es dejar que cada acto carezca de sentido, que la vacuidad nos invada y que todo aquello que nos daba aliento sea vano.

En sus soledades la silenciosa mirada se le perdía en la nada, como buscando un horizonte sin horizonte, para volver a la nada, donde la cerveza con lentitud le iba encendiendo penas, antes que apagarlas.

El día que decidió empezar a morir ya había perdido el aliciente que lo mantenía activo, así mismo perdió todo deseo por el trabajo u otra actividad de dignificación humana. Abandonó su quehacer económico y, con ello, se fueron yendo sus recursos, y detrás, toda relación fraternal, mucha de la cual en los últimos años pudo recuperar; no así la otra fortuna que esperó hasta el último de sus días y con la que aspiraba pagar la deuda que usó para sobrellevar su día a día, crédito que obtuvo presentando su apellido como única garantía de pago.

Esa prolongada y agónica existencia no la acabó una insuficiencia hepática; esa solo fue la consecuencia.

El amor no mata, pero su ausencia sí: el desamor. Una pérdida afectiva, una pena de amor no superada, tarde o temprano nos llevará a ese desenlace que todos quisiéramos eludir, pero que parece ser el único paliativo que, para algunos, la vida ofrece. La única salida cuando se pierde el camino y nada más queda.

Ahora solo puedo desear que haya encontrado su horizonte.

 

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Amor de lejos

mi-genteJaime, o Carroloco, como lo voy a llamar en ésta historia, es un tierno personaje de Támesis que semanalmente viaja hasta el corregimiento de Palermo conduciendo su carro imaginario; siempre conserva la derecha y nunca adelanta en curvas. Al llegar a su destino hace sonar las cornetas de su carro, también imaginarias. Allí, sin falta, sale el amor a su encuentro. Al atardecer, y extasiado por el romance, desanda su camino con el mismo respeto por las normas de tránsito. Nunca ha sido sancionado.

El novio no viaja a Támesis para visitar a Carroloco, porque no tiene carro imaginario y además, tampoco sabe conducir… pero sí sabe amar, se saben amar.

El inversionista

2Hace unos años, en 2012, creo, llegó a Valparaíso un gran comerciante, un terrateniente de Caucasia, un gran señor. Vino a invertir, a generar empleo, a sacar al pueblo de la miseria. Las cantinas se esmeraban por tenerlo en sus mesas y le abrían crédito sin límite para sus bacanales. Los almacenes agropecuarios y las ferreterías le ofrecían dádivas para ser sus proveedores.

Dos prósperas fincas compró de palabra, y se las entregaron; otras tierras del pueblo subieron de precio, pero aún así prometió comprarlas porque seguía siendo justo el negocio y, además, quería ayudar al pueblo.

Como el ganado de las fincas que recibió no era de raza, lo vendió para reemplazarlo por ganado bueno. Los camiones salían en caravana librando al pueblo de ganado impuro, de mala raza. Junto con el ganado desapareció también el gran señor, cuyo nombre nadie quiere recordar y quien nunca volvió a cumplir sus promesas ni a pagar las deudas. Y así, el pueblo de rodillas sigue esperando a un nuevo inversionista que lo venga a sacar de la miseria.