Las parteras

mi-gente-1Ester y María son un par de sonoros nombres bíblicos que podrían hacer pensar que voy a contar la historia de un par de hermanas, pero no, Ester Ramírez y María Ruiz evidentemente no fueron hermanas, o tal vez sí por la labor que desempeñaron en el pueblo, pero no por lazos de consanguinidad.

Doña Ester vivía con su esposo Manuelito en una pequeña y modesta casa cerca de la plaza, por la salida hacia Caramanta, donde recibían a la numerosa descendencia que desde hijos hasta bisnietos tenían, incluyéndome entre éstos últimos. De ella recuerdo que celosamente cuidaba un pequeño maletín de cuero en el cual guardaba unos instrumentos que nunca pude ver, ni siquiera a distancia. Estaban muy bien custodiados.

A María Ruiz la conocí viviendo con dos de sus nietas. Nunca supe si en algún momento tuvo vida conyugal. En el sector de La Meseta estaba su humilde casa rodeada por un pequeño y bello bosque de enormes árboles cuyas raíces ayudaban a contener el agua que encharcaba el patio donde una enorme, vieja y peluda cerda de largos colmillos permanecía hozando y que a veces daba la impresión de ser un integrante más de la familia. Años después la casa y el paisaje fueron arrasados por la empresa minera que se está llevando a Valparaíso por volquetadas para hacer cerámicas, dejándonos solo un estéril terreno. La cerda seguramente murió de vieja, privilegio que otros de su especie ya no tienen.

Ester y María fueron parteras y creo que mi generación fue una de las últimas en ser recibidas por sus diestras manos. A mí y a mis dos siguientes hermanas nos recibieron ellas, al cuarto sí le tocó llegar en una aséptica clínica, atendido por unas anónimas manos cubiertas de látex.

Las parteras, con sorprendente esmero, asistían a cuanto nacimiento eran solicitadas sin importar la hora o la distancia que debieran recorrer, porque generalmente eran requeridas en las alejadas zonas rurales; tal vez por eso es que los niños aprendían a tratarlas con tal afecto que parecían casi una abuela extra para ellos. El conocimiento de las parteras era empírico, transmitido de generación en generación y enriquecido por la experiencia, siendo su presencia casi una constante en todas las culturas.

Tal vez por las normas, o por la medicina misma, en nuestro medio posteriormente este oficio milenario empezó a ser menospreciado. Hasta cierta época todos nacíamos en casa, después se volvió peligroso y los partos solo podían ser atendidos por los galenos en el establecimiento hospitalario local; ahora los niños ni siquiera nacen en el pueblo, pues toda mujer en trabajo de parto es remitida a una institución de mayor nivel de complejidad que no existe en los pueblos, así que en un futuro próximo nuestros pueblos serán habitados por foráneos, porque ya los niños no pueden nacer en su hogar, ni siquiera en su propio pueblo. Espero que en un mañana los protocolos no digan que es tan riesgoso nacer como para ser prohibido.

Hoy, por fortuna el Ministerio gracias a la intervención de algún sabio de avanzada está reconociendo la necesidad de las parteras (qué gran descubrimiento) y ha optado por enriquecer su entrenamiento para que con mayor conocimiento puedan seguir recibiendo nuevas vidas para este mundo, en especial en aquellas zonas donde el “moderno” sistema de salud es incapaz de llegar.

Así pues que, aunque Ester y María no dejaron discípulas, es oportuno rescatar y dignificar esa labor para que la  llegada de una nueva vida vuelva a ser un acontecimiento de familia, íntimo, rodeado del  calor de hogar, de su compañía, de su amor, en vez de formularios, remisiones, desconocidos, copagos y sirenas.

p.d. Mis paisanos seguramente estarán recordando otras legendarias parteras, pero por el momento no puedo hablar más que de las que conocí, hasta que tenga la oportunidad de escuchar nuevos aportes para complementar éste blog.

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