Vejetes

mi-genteMacreba, una amigo cercano, muy cercano, me contó hace poco por qué se está empezando a sentir viejo. Yo no se a ustedes, pero a mí me dejó pensando con lo que me dijo, por fortuna yo no me siento viejo. No lo soy. Les contaré lo que me dijo.

La sombra senil lo empezó a invadir después de encontrarse con un amigo para tomarse unas cervezas y compartir una buena conversación. Al cabo de un rato se tenía que levantar cada dos cervezas para ir al baño. “Quiubo ¿ya no retiene?” fueron las ponzoñosas palabras de su amigo que lo pusieron a pensar. “Lo que sobra es compresión, malparido” fueron las palabras que mi amigo cercano quiso decirle, pero se tomó el tema en charla y solo atinó decir que en la tarde había tomado mucha agua, pero el asunto siguió rondando en su mente, especialmente cada dos cervezas. La charla entre amigos siguió, aunque un poco más dispersa, pues empezó a recordar las vacaciones anteriores, durante las cuales pasó casi una semana sin afeitarse y ahí, en la sombra de su despoblada barba, empezaron a aparecer unos pelos canos, cosa que había pasado desapercibida hasta ese momento.

Tratando de distraerse empezaron a mirar a su alrededor. Los demás clientes del lugar parecían una delegación de jubilados, por la edad. Al fin se pudo distraer, pero al día siguiente no había otro pensamiento diferente, y claro, se negó a asistir a la cita que tenía con el optómetra, pues mientras no fuera donde él seguiría teniendo visión 20-20. Antes ciego que con gafas. Inevitable fue caer en cuenta que ya no es de su interés los modos juveniles y en los almacenes, sin preguntarle, le muestran la sección de ropa “clásica”, de señores, hasta le dio por empezar a usar sombrero. Pero él mismo se da moral, asumiendo como propia esa frase que hace mucho tiempo le escuchó decir a una vieja amiga suya: “La vejez está en la actitud, no en los años, la juventud es cuestión de actitud.” y le cayeron de perlas en este momento.

Para tranquilizarlo y solidarizarme un poco le conté, o mejor dicho, lo puse a leer el relato de mi último cumpleaños (Sumando lustros), pero creo que causó el efecto contrario al que yo esperaba.

Después de un rato tratamos de hablar de otras cosas, como cuando trasnochábamos y callejeábamos, de las travesuras de antes, de los amigos divorciados, de los que ya son abuelos (muy precoces), de las cosas pendientes por realizar y de otras tantas cosas por el estilo; hasta cuando mejor nos despedimos para no ahondar más la herida con esos temas pasados y me fui muy pensativo para mi casa, pues yo también, ahora, procuro hacer algo de deporte con cierta frecuencia pero sin excesos, elijo con más cuidado lo que como en la calle y recuerdo las palabras de una amiga que la última vez que nos vimos andaba con la cantaleta de: “Camine despacio y siéntese bien.” Sobre mis gustos como la música que escucho, los libros que leo, las cosas que hablo con mis amigos, los zapatos que me gustan y los lugares que frecuento no quiero hablar, pero ahí les dejo para que lo supongan.

Al llegar a mi casa le iba a enviar un Whatsap a mi amigo, pero recordé que ya uso un celular “flecha”, de esos que solo sirven para llamar y contestar y que la batería les dura una semana, entonces mejor lo llamé y le dije: “Que hijueputas tan viejos estamos.” Colgué sin esperar respuesta.

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