Potrerillo, boletín # 3

EDITORIAL – EL CENTRO GÓMEZ OCHOA – TERTULIA TARTARÍN MOREIRA – NUESTRA MEMORIA – PETROGLIFOS – MUSEO ARQUEOLÓGICO – NATURALEZA, PAISAJE Y TURISMO.

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POTRERILLO BOLETIN # 03

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Boletín Potrerrillo N° 01 – Octubre de 2017

Temas tratados en éste primer número:

– POR QUÉ NACIMOS. Un medio para comunicar nuestros aconteceres
– TE LEVANTAS MAJESTUOSO. Homenaje al compositor del himno municipal
– LITERATURA LOCAL. Encuentro de escritores valparaiseños
– DE BUEYES Y ALGO MÁS
– PA’ CARAMANTA EN LA FESTIVA

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Frío calor

friocalorAnoche soñé que todo estaba cubierto de hielo, pero el hielo no era frío. Sí muy bello. Aquella carretera por donde iba no tenía vida, todo había sido arrasado para dar espacio a su presencia, al progreso, decían algunos.

Más abajo, donde el clima solía ser más cálido, también estaba todo cubierto de hielo, el río congelado, la verde grama cubierta por un blanco tapete de nieve. A lo lejos están las montañas, no se ven, pero ahí están. Una mujer intenta limpiar la escarcha de un vidrio en la ventana pero alguien la detiene: “¡no la quite, la estamos cuidando!”. Más tarde la mancha de escarcha ha aumentado su tamaño.

En medio de tanto hielo la gente aprovecha para broncearse, porque no se siente frío. Caí en la tentación y sin camisa me acosté sobre el lecho helado de un arroyo, me sentía como si flotara en su superficie. Al instante se empezó a derretir y terminé bañado por el agua de la corriente. Todas las aguas empezaron a aumentar, porque cada vez más personas tenían contacto con el hielo y la nieve, y al tocarlos todo se derretía, se deshacía como algodón de azúcar. Al salir de allí el sitio era un hervidero de gente que venía a disfrutar del extraño paisaje, pero con cada persona un arroyo se derretía para aumentar la avalancha. El lodo empezó a reemplazar la nieve, mientras yo, en mi cama, despertaba de esa pesadilla.

El matadero municipal

Hace unos años no existía en nuestro léxico local términos como frigorífico o faenado; a cambio se hablaba del matadero, que era el lugar donde los matarifes desarrollaban su labor. Recuerdo ese lugar así como recuerdo muchos otros de mi infancia, como imágenes fijas u solo con algunos detalles, no muy precisos, pero sí aproximados a la realidad, pues a lo cotidiano usualmente se le presta mucha atención  y allí es cuando se pierden los detalles, pero hoy haré un esfuerzo para mencionar algunas cosas que aún rondan por mi memoria.

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En sus inicios el matadero estaba lejos de la plaza, en las afueras, pero debido a la ampliación de la zona residencial ya no parece tan alejando, a no más de tres o cuatro cuadras, saliendo por la esquina de la ceiba y bajando por la calle de la hostería, siguiente por el camino que va hacia la finca “La Arboleda”, y que en algún momento fue o pretendió ser la carretera que iba hacia Conde y Támesis, pero por algún motivo una salida paralela entró a reemplazar esta vía, mientras el antiguo trazado ha sido apropiado por las fincas circundantes en el tramo final antes de llegar a la finca “El Palmar”. Este último trayecto ya no es transitable más que en los recuerdos de los nostálgicos.

Al salir de la plaza en dirección al matadero hay un descenso continuo que termina solo al cruzar el puente de una pequeña quebrada que viene del sector Santa Cruz, y justo ahí está el edificio que después de dejar de ser matadero, gracias a las normas de sanidad, ha sabido sobrevivir a los trajines de una fábrica de adoquines, acopio de reciclaje, planta de procesamiento de productos agrícolas y hasta vivienda de algún vagabundo. En su época de matadero, además vi que los corrales fueron también improvisadas galleras clandestinas y de las que pobladores y autoridades sabían de su existencia, pero todos en general aceptaban el asunto, tanto que yo como menor de edad estuve varias veces por allí, y hasta creo que me divertí. Antes de la clausura y antes de que existiera suficiente transporte y vías desde las fincas, las reses eran trasladadas por algunos vaqueros, a caballo o a pie, desde los potreros hasta los corrales del matadero, por lo que andar desprevenido por las calles los días miércoles y principalmente los jueves, era altamente riesgoso, pues con frecuencia algunos novillos se derrotaban, es decir, que por lo asustados salían despavoridos y sin control alguno. Todavía recuerdo algunos zaguanes que me sirvieron de refugio.

Arriados también llegaban, casi ahogados por el esfuerzo, los pobres cerditos con sus cascos lastimados. Al final de cuentas esa caminata siempre terminaba en el mismo desenlace fatal para los animalitos.

Los días de sacrificio empezaban muy temprano en la madrugada, varias horas antes de que el sol saliera, momento que se podía identificar gracias al chillido de los cerditos tras la punzada mortal que les llegaba hasta el corazón; o con el bramido de uno que otro novillo enfurecido.

Cruel o no la labor de los matarifes con los animales, lo cierto es que allí no faltaban los curiosos, entre los que me incluyo, para ver el tránsito de la res por la báscula, luego por el estrecho cubículo de acero en el que por lo pequeño no permitía que el animal se moviera y quedara a merced del verdugo que le clavaría un chuzo en la nuca que le desconectaría de su sistema nervioso y al abrirse la puerta lateral, caía al piso, donde el encargado usaba un delgado, largo y filoso cuchillo para degollar la res, momento en el cual algunas señoras y otros muchachos, en un orden preestablecido, empezaban a llenar sus ollas con la sangre espumosa, caliente y olorosa, que según me dijeron en ese momento, la usaban para hacer “claritas”, un bocado que aún no conozco ni tengo curiosidad por probar, pero que parece era algo muy popular, pues no se perdía ni una gota de ese fluido vita y gran proveedor de hierro.

Luego la res inerte era arrastrada por el piso, junto al caño central del enorme salón que era el matadero, allí, sobre la misma piel del animal, era descuartizado y las piezas de carne eran colgadas de ganchos de hierro para ser limpiadas con trapos que servían tanto para ese fin, como para envolver y transportar los cuchillos del matarife y los cuales sospecho que antes fueron camisetas que ya habían cumplido su ciclo como prenda de vestir. De lo más desagradable era ver lavar los intestinos, que luego los trenzaban para convertirse de manera mágica en la famosa chunchurria. Sí, tripa trenzada es la chunchurria. Los estómagos los abrían, les sacaban su contenido y tras un leve lavado con agua ya no eran estómagos sino callos, de esos con los que se hace el famoso y sabroso mondongo.

En el salón del lado, no más aséptico que éste, eran sacrificados los cerditos, con la diferencia de que éstos eran chamuscados con abundante helecho seco que previamente habían traído de los rastrojeros del pueblo y que arrumado llegaban hasta el techo del mismo lugar de faenado.

El proceso es similar al de las reses y los intestinos también eran separados y lavados, en unos mesones de baldosín blanco, por señoras que vivían de vender morcilla en el pueblo y estaban allí consiguiendo y preparando sus insumos: tripas, gordos y sangre.

Terminadas esas labores era necesario llevar la carne a las carnicerías, donde la terminaban de despiezar para su venta final, pero para llegar del matadero a la plaza, hacía falta los servicios de transporte que siempre prestaba Fidel Quirama en su viejo Fargo, del que difícilmente podía identificársele el color de la pintura. Por años, con la ayuda de sus hijos, llevó cada kilo de carne hasta la plaza. Siempre me pregunté cómo hacían para no entregar las piezas al carnicero equivocado, pero supongo que algún método tendrían. En algunas ocasiones, en ese camión, también transportaban el ganado en pie y en el que seguramente harían su segundo viaje ya convertidos en carne.

En esa época supe que aún desde Medellín algunas personas preferían la carne del pueblo porque era de mejor calidad, aunque también el comprar carne en toldos con mesas de madera, bajo la ceiba, tenía su atractivo, sumado a que pulularan por la plaza los chulos y perros callejeros mendigando cualquier resto de carnicería.

Hoy la situación sí ha cambiado algo, por ejemplo, ya no sé de dónde viene la carne que consumimos en Valparaíso.

 

 

¿Matrimonio? No, gracias

mi genteCuando se va llegando a los cuarenta (o saliendo) siente uno que se va haciendo más selectivo, más cuidadoso o tal vez más temeroso. No lo sé con seguridad; en todo caso ese no es el asunto de hoy, por eso le dejo el tema a los sabios de las ciencias sociales. El asunto es que a ésta edad uno ya piensa más en lo que come, en lo que usa, enfin, se hace cociente de su salud y, en algún sentido, de la responsabilidad social y otros asuntos trascendentales, mucho más cuando se trata de asuntos de la salud. Recuerdo cuando era pequeño que una gripa se quitaba en dos días y uno, si acaso, se cuidaba del sereno la primera noche. Ahora como la situación con las EPS’s es tan complicada, sale más rentable no acudir a ellas y como las enfermedades son más agresivas, mejor es evitar que una simple gripa se complique, así que lo más sabio es cuidarse. Pero que inútil es el hombre ante ese virus que ya se llama “influenza” y que incapacita física y mentalmente; es así como el pasado fin de semana se integró a mi dieta el jengibre con limonada y ya no se permiten vientecillos fríos por las ventanas ni las puertas a la hora de dormir. Y no es flojera, es prevención.

Al inicio uno es fuerte, guapo y aguanta cualquier embate, pero al rato el silencioso virus va haciendo su trabajo y nos deja tirados, sin ánimos de nada, pero por fortuna la medicina ayuda, aunque también dicen que esas medicinas son dañinas, que nos vuelven dependientes y que consumirlas es seguirle el juego a las farmacéuticas multinacionales que crean los virus y luego nos venden el antídoto. En todo caso, creado o no, yo ya tenía el virus dentro y ante el malestar no vale declararse anarquista ante las farmacéuticas.

-¿Qué tiene bueno para el malestar de gripa?

-¡Un matrimonio!

-¿Un matrimonio?

-Sí, ese es el “casado” que todo mundo toma

“Matrimonio” y “casado” me empezaron a confundir, pero al rato empecé a entender todo. No era la ceremonia con el cura o el notario lo que la farmaceuta me recomendaba para la gripa. Era un combinado de medicamentos que, según ella, era bendito para mi necesidad, más precisamente, para calmar el malestar producido por la gripa.

Desde la primera palabra de la muchacha ya uno se pone alerta, así que antes de comprar ese “matrimonio” me puse a leer cuál era su composición: Gripofén una tableta cada 12 horas que contiene acetaminofén 500mg, cetirizina 5mg, fenilefrina 5mg y Paracetamol una tableta cada 8 horas que contiene acetaminofén 500mg y cafeína 50mg.

Rápidamente hice la siguiente cuenta, bueno, no tan rápido porque la gripa me tienía limitado el “pienso”, pero suponiendo que siguiera el tratamiento durante 24 horas, con el Gripofén estaría consumiendo 1000mg de acetaminofén, la dosis para un adulto y si a eso le sumo las otras tres dosis recomendadas del Paracetamol, sería en total 2500mg de acetaminofén en un solo día. Me parece exagerado y peligroso, pero en todo caso le preguntaré a mi amigo el médico.

-“Matrimonio” no, gracias. Solo deme el Gripofén que la cafeína me la toma en el cafecito de la esquina.

Más tarde, haciendo cuentas más precisas, con lo que me costó el tal Gripofén hubiera podido comprar siete dosis de acetaminofén genérico y si me hubiera metido en el tal “matrmonio”, hubiera sido equivalente a comprar 50 dosis del genérico.

Así pues que “matrimonio” no, gracias y por si acaso me tomé un cafecito donde doña Fabiola, por si la cafeína es buena para la gripa según el Paracetamol.

Antropólogos y sociólogos aseguran que el hombre es el único animal que aprende por la experiencia de los otros; otra cosa dice el famoso refrán popular. Así pues que yo les narro mi experiencia, ya sabrán ustedes qué hacer con ella.